Con la sola palabra. La lección de Borges y de Eliot, lección de aquel hombre callado que le entregó la vida a la palabra. Lo demás es lo vano, lo torpe, lo inane, lo que agobia, redunda y atosiga, despojo de despojos deslavados. Del tumulto sin voz y sin sentido, del cetro de latón del rey leproso, de la cadena de oro y de la feria, irse libre y sereno. Quedarse solo a solas con lo que a solas se halla y se oye, metido en el adentro, en el meollo, en el magma nutricio y oscuro, con la sola palabra, no con el eco, ni el rumor, ni el ruido, con la sola palabra milagrosa.

Canto llano. Solo, en la soledad de solitarios, luces del alba y filas silenciosas, trepa con lentitud por piedra y arco, como otra yedra más, más temblorosa, esta voz desgarrada en lengua muerta. Lo que digo, ¿qué digo?, lo que dijo en otro tiempo otra voz, otras voces movidas de esta angustia que ahora es mía. Qué solo estoy, Señor, si es que me oyes, qué flaco, qué cobarde, qué perdido y qué torpe. ¿Es a Ti, o es a mí, o es a quién, que alzo esta voz, más vieja que la piedra más gastada y más fría, que alguna gota de piedad implora?

Angustia. Con el dedo en la arena, con el pincel de pelos, en el muro, en la piedra o en la vitela tierna se escribió la palabra que iba a llenar los libros de todas las Alejandrías. La misma que iba a estar antes que todas y después de todas, la que hizo que tuviera que desatarse a hablar el hombre un día. No se escribía así en babeles de lenguas como la escribo ahora, pero era la misma y deletreaba: angustia.

Un banco en el parque. Árboles, bancos y setos de flores, pálidos matices llenan la hora quieta, el viento sin prisa y el sol de la tarde alargan las sombras. Irrumpe un alboroto de gritos infantiles, cruje acompasada la arena bajo el pie. Extrañas mujeres y hombres sin rumbo cruzan los senderos sin mirarse apenas. Llama una voz lejana, un perro ladra, en un banco de sombra un viejo se adormece oculto por los pliegos de su diario, sordo le llega el eco de las calles, pájaros limpios cruzan el espacio. ¿Qué sueños sueña el hombre solo y triste? ¿Sade, Aretino, Kama Sutra, Ovidio? El son de una campana tañe el Eclesiastés

Festín de cementerio. En este festín de cementerio que a veces celebro en silencio, entre túmulos de aire y cipreses de ecos, se renueva sin cambios en su escena de sombras.    No hay convidado de piedra, todos son de grato recuerdo. El eco de sus voces resuena con viejos sentidos de palabras. Ni empieza ni termina el banquete, está siempre en su presente puro donde nos encontramos sin preguntas para volver a oír cosas ya oídas que ahora significan otras cosas. La eternidad es esta permanencia de ayeres sin mañana en la memoria.

(Tomado de: Arturo Uslar Pietri: El hombre que voy siendo, Monte Ávila Editores, 1986).

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