En uno de los primeros poemas que tuvimos ocasión de memorizar, dice Rafael

Maya: "Un día vendrá la muerte no sé de dónde. Yo estaré dormido. Y ella dirá:

No quiero que despierte... Y cruzando sin ruido, como una madre que se acerca al lecho del hijo enfermo, cerrará mis ojos y cruzará mis manos sobre el pecho".

Entre la nieve de Turín, supimos del célebre poema de Cesare Pavese que reza

así: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos/ esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto. Tus ojos / serán una palabra inútil, / un grito callado, un silencio.

/ Así los ves cada mañana / cuando sola te inclinas / ante el espejo. Oh, amada esperanza, / aquel día sabremos, también, / que eres la vida y eres la nada.

// Para todos tiene la muerte una mirada. / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

/ Será como dejar un vicio, / como ver en el espejo / asomar un rostro muerto, / como escuchar un labio ya cerrado. / Mudos, descenderemos al abismo."

Venga, maternal o amorosamente, de puntillas o azulada, despacito o presurosamente, verdad eterna, la muerte nos convoca, nos reúne, nos recibe, impostergable.

Como ahora sus brazos extiende a este año que, confuso, parte. El asunto, en cambio, es acompañar la vida. A sol y sombra, donde sea preciso; saber de d nde nos sacó el hechizo y contar con la última embestida. No importa el llanto o la final salida, la vida es solamente el compromiso de estar donde la vida misma quiso: al lado de la vida de por vida.

Vendrá la muerte. Diciembre lo recuerda. La que nos acompaña, en feroz acecho, sobre todo en estos parajes ponzoñosos, donde recuesta puntual sus macundales.

Dormidos o despiertos, con ella nos iremos. Tal vez tenga los ojos de la amada.

Quizás los de la madre. Suficientemente se nos dijo de la rapidez con la que la vida transcurre. Con pie ligero, tiempo y vida pasan. Vuelan irreparables como el día, como sombra huyen. Las horas todas hieren, la última, escondida, mata. Inminente, la muerte nos acecha. Aún hay tiempo. Gocemos el día. Brindemos por la vida. Acordémonos de vivir en tanto el sol veamos. Porque un día empuja al otro, en espera de la noche eterna.

Todo está bueno menos la palabra muerte con que injuriamos a la vida, aunque la muerte en tempestad se abra desenfadada, hambrienta, enfurecida. Toda está bueno menos la palabra muerte en callejones escondida, la hiena que a la vida descalabra dejando su fiereza esclarecida. Ya es hora que la muerte cambie nombre, que la vida recobre su apellido y que al fin le aparezca vida al hombre. Mientras la vida irrumpa en estallido no habrá quejido humano que se asombre de eso que llaman muerte sin sentido. Detente, muerte, por favor, detente. Te lo suplico al filo de la muerte. No te vengas así tan de repente.

Sagrada apuesta, vengativa luz. Lo que sucede, sucedió o ha de suceder. Llegar a tientas a la nada. Desde el morir al no morir viviendo. Del otro lado de la sombra en luz. Levantemos la copa por la vida. www.poiesologia.com

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