In memoriam Adolfo Antonio Rubio Rubio

 

Ellos son los que mueven los engranajes del mundo. Ellos, los que no se conforman con lo dado, con lo que ya está escrito. Ellos, los que no pueden con su alma, los que se enredan en sus propias madejas, los que acuden presurosos al llamado —agudo y lánguido— de sus entrañas mientras fogonean con su voz la hoguera cruel de los días. Ellos, los que buscan soluciones imposibles, los que discurren tan perfectamente en lo tocante a sus almas —no así en los asuntos vanos del mundo—, los que pueblan su imaginación si bien sus párpados descienden un momento. Ellos, los raros, los sublimes, los que provocan tanta desazón porque están ocupadísimos leyendo un libro; los que abren interrogantes azules, del tamaño de un cuello de cisne con sus comentarios, los que se encierran en laberintos de boj y en paraísos artificiales de su propia hechura; ellos, los problemáticos, los arduos, los que no pueden hacer las cosas como lo ordena la rutina secular del universo: los inadaptados, los que van contra la corriente, los que se emperran, se empacan, se obcecan en que no haya comas en los títulos de sus libros.

Ellos, sólo ellos, los que dan vuelta a la página para seguir escribiéndola hasta el infinito, los que quimerizan una simple magdalena, los que someten a juicio todas las verdades de la veleidad terrena, los que nacen con una estrella fugaz bajo el brazo, los que colonizan galaxias con unas pocas palabras necesarias, los que se evaden, se extravían —pero siempre, o casi siempre, saben cómo retornar—, los que abren puertas que siempre dan a otras puertas, los que hacen de su vida una línea, ellos parieron el verbo cortante de la poesía. (La Granda Milito).

Ellos los que quieren mantener la pureza del aprendiz. Los que observan la naturaleza, saben y conocen qué luna gobierna, acarician el árbol, admiran a los animales y hablan con el agua; duermen de pie y respiran en sauces. Los que no conciben una vida sin poesía. Los que se reinventan cada día el amor y andan siempre subiéndose a los árboles. Ese es su trabajo. Convencidos de que un poeta vive de escribir un verso. (Antonio Rigo). De que el título de poeta lo otorga la muerte. (Robert Graves).

Ellos, a quienes les basta con ver los árboles, con oír los pájaros, con ese gran milagro de estar vivos y caminar entre la gente y saludar al sol profundo que brilla en el corazón de los humildes. (Dionisio Aymará). Hasta que son un torrente de palabras que reverdecen en el viento y crecen hacia los horizontes hasta los últimos intentos, hasta la última claridad que buscan más allá de la furia final; y se acuestan a soñar que están plantados en los vientos. Hasta que crecen sus pies y sus manos y se van alargando hasta el espanto. Mueren en sí como una semilla sin germen, arropados por hojas imposibles. Se despiertan y dicen: Hoy ha salido el Sol. (María Real Martín).

Ellos deben su vida a la colmada copa de su afecto y a  su indulgencia casi toda incordura derrochada. Su llamarada les volvió sedientos. Levantan su copa por la vida. Reinan sobre la muerte. (Gustavo Pereira) Hasta sembrar de altos girasoles el lujurioso vientre de la tierra.

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