Canciones desde el fondo de un POZO

Mariano González Mangada

ONCE

-Pues sí.
Se me debió caer por este agujero
del bolsillo del pantalón ¿lo ve?
Ah sí. Una bolita
contenta y verde
que se hinchaba como un globo
y llenaba de futuro pluscuamperfecto un barrio
o todo el sur
o el mundo, según.
Sí. Siempre la llevaba en este bolsillo
y me gustaba
sacarla de vez en cuando ¿sabe?
No. Sólo me queda
esta piedra amarga en el otro.
Se descompensa uno, claro.
No. No sé ni dónde ni cuándo.
Un día. Por ahí.
Llevo tres meses buscándola. Pero no.
De todas formas, gracias.
Sí. La crisis y el pozo en el paladar. Ya.
Bueno. Adiós.

DOCE

Tú dices que es amor
y en su desconsecuencia
estás celosa,
y, sobre todo, monopolista
(todo y sólo para ti)
como la oligarquía y las multinacionales
y en vez de comprar alegría
has puesto una fábrica de tristeza verdinegra
para autosufrir (¡qué extraño amor!)
constituyéndote por decreto ley en el centro
del sufrimiento,
pidiendo adhesiones como un dictador vivo
y pésames y conmiseraciones
como un dictador muerto.

TRECE

Está el hacha colgada en la pared de la cocina
La posible certeza de que uno hiere
constantemente
incómodamente
injustamente,
en la lucha por sobrevivir
con la referencia imborrable del egoísmo
aunque uno se disfrace
con la bata blanca de cirujano progre
y murmure para seguir tirando
que es por su bien.

CATORCE

Y la necesidad de ser claro y transparente
en medio de la prudencia,
de ser honrado consigo mismo
pero ¿conforme a qué ley?
0, al menos, la urgencia de confesarse
no ángel,
no elegido,
no separado,
no elevado,
sino a ras de todo hijo de vecino;
lo que precisamente significa
adscrito (no ascendido, ni descendido)
a través del pozo necesario
a la categoría de gente,
gente,
gente,
puta y maravillosa gente,
mi gente,
la gente.

QUINZE

Aquí tiene Vd. su herencia:
este bello y terrible montón de chatarra.
Su trabajo consistirá en estirarlo.
Aquí tiene Vd. las instrucciones
para reconocerlo bueno y lo malo.
Las instrucciones están equivocadas,
Comience.

DIECISEIS

Aquí está el tercer mundo
y el cuarto:
calle macarena arriba,
en la Serreta,
entre dos tiendas nuevas de la calle San Fernando
en los mismos traspatios de la calle Mayor.
Aquí está la auténtica novela negra
y la realidad supera la imaginación.
Aquí está la careta y la coraza de sobrevivir
garantizada de fábrica e imprescindible
para no morirse de asco
de pena
de vergüenza
y de impotencia
313 veces al día.

DIECISIETE

Hago señales tímidas y desesperadas
pero desconocidas.
Por debajo de los brazos
me crecen otros brazos tiernos;
de dentro de los ojos
me salen unos cuernos blandos e indecisos de caracol
y una flor transparente debajo de la lengua.
Hago señales tímidas y desesperadas
pero desconocidas Incluso para mí.
Mis amigos y amigas deben ver algo
y sacan también algo parecido:
miembros y flores recién nacidos,
embriones
brotes con pelusilla blanca y suave.
Pero, al rato, los brotes se retraen,
se inhiben y se esconden
(qué frío, dios, qué frío hace)
y volvemos a la silueta escueta y cotidiana
del patrón dominante
aunque archivando en la memoria las señales
desconocidas
esperando la clave.

DIECIOCHO

Pero, a lo mejor,
o seguramente, tal vez, quién sabe,
de toda esta amargura
de sangre y tinta negras
obtenemos los dos
(aunque sea alambicando
y a trompicones,
o mismamente con la fuerza de las cabezadas
y patadas bestias mutuas),
un poco de dulce dulzura,
tierna,
perdonadora,
olvidadora,
amnistiadora,
cojonuda,
para nosotros y para el que la quiera.
O
a lo mejor
no.

DIECINUEVE

Pues cuando los miércoles
estoy sentado solo en el fondo del pozo
con el culo en el agua
mirando el cachito redondo de cielo azul arriba,
pues quiero estar condenadamente solo,
y no quiero ver, no quiero ver,
no puedo,
al otro que está sentado a mí lado
y al otro y al de más allá
y a los 4.444 millones detrás por ejemplo
que están (estamos) solos en el fondo del pozo
con el culo en el agua,
mirando el cachito redondo de cielo azul arriba
o algo así.

VEINTE

A pleno sol llueve tristeza
apática y constante
sobre los tejados planos
dejando chorretones de láguena
en las caras desteñidas por el aburrimiento,
y se palpa
lo estrecho y lo corto de las calles y las mentes
el ambiente opresivo y represivo
contaminado de armas y órdenes
y el esqueleto de la cultura en los escombros
y uno comprende
la necesidad ineludible y joven
de marcharse,
de marcharse,
sí, de marcharse de una puta vez.

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