Canciones desde el fondo de un POZO

Mariano González Mangada

UNO

 

Y a la vuelta de la esquina

uno se encuentra con el culo en el suelo

mordiéndose y mordiendo,

desorientado,

intentando recomponer la actitud de

Buda venerable autosuficiente

pero zarandeado por el aire de todos

desconcertado, descentrado,

con todas las grandes palabras por el suelo

hechas trizas,

con las más íntimas vergüenzas angelicales al aire

esperando,
nada más que esperando a que escampe

para volver a ser parecido a sí mismo

aunque no igual.

DOS

Del dicho al hecho hay un gran trecho,
como 3.21 7 kilómetros o más,
y por en medio toda la mentalidad dominante de siempre
como un pulpo grandote.
Y cuando uno, después de hablar,
Sale por fin de la cerca
intentando romper con todo
y hacer
algo nuevo y libre sobre la tierra,
rondan alrededor los fantasmas antiguos,
los miedos, las penas, los castigos,
y el tornillo del remordimiento
y hay que hacer un esfuerzo suplementario y cotidiano
porque al mover el pie y la mano
se mueve el pulpo
que hemos sacado de la cerca dentro de nosotros.

TRES

Muchos (bueno, algunos) nos preguntamos
si somos nosotros
los que vamos a hacer el mundo nuevo ese
que hay que hacer
con nuestros compañeros:
nosotros y ellos fundamentalmente ego¡stas
opresores cuando se puede,
sanguinarios, sarcásticos,
desalentados y desdentados como una pintura negra
geniales y desinteresados algún miércoles,
pero casi siempre con un saco de amargura y
resentimiento al hombro
y, a pesar de eso,
serviles, chupaculos, comem¡erdas,
acostumbrados a doblar la cerviz de cerca
y a ladrar de lejos como perros golpeados mil veces
e incluso a hacer pagar al que está al otro lado
las injusticias que cometen los lejanos señores
del sistema contra nosotros.
Pues
YO
quiero creer
que
sI

CUATRO

Lo que uno quiere y no quiere
suavemente impuesto
o pendiente:
todo un cambio radical
aunque todo sea lo mismo
y desgarrándose entre tres o cuatro fidelidades.
aparentemente irreconciliables,
con la honradez, el cariño y la vergüenza dispuestas
pero sin saber exactamente para qué
buscando la referencia no dominante
y el bien
y el no sufrir y el no hacer sufrir,
cayendo humildemente al pozo
(desde luego con vértigo,
y con miedo
y con pereza: hay que esperar siempre un rato
a algo que vendrá)
en los calores de este agosto setiembre de 1980
inolvidable
o, mejor, indeleble.
por decir,

CINCO

Y en la acera de enfrente
la esperanza,
el anhelo desesperado,
la alegría y el remordimiento,
la realización posible de sueños archivados 9 años
la prolongación en el tiempo
justo en los últimos pétalos:
un nuevo triunfo humilde en la partida
que uno no se atreve a usar del todo
confiando en la entrega pac¡fica.
Y en el trasfondo la posibilidad de que no,
la sola soledad
y el polvo
entrando poco a poco en el compartimento estanco
celosamente guardado
y cayendo sobre las flores mucho tiempo posibles
arrimadas ayer a la realidad
y descoloridas enseguida
por la luz implacable del d¡a.

SEIS

Y el saco del silencio obligado
pesando en el hombro
y forzándote a dar traspiés en plan sonámbulo
con la cara al revés para disimular
aunque todos te notan que algo pasa.

SIETE

El diplomado en consolación
ahora necesita ser consolado.
El chulo del equilibrio profesional
va borracho por la calle
preguntando por la vertical y el nivel
La cabra loca que triscaba por las peñas
está en el fondo de la rambla
con el culo en el agua ,
y tiritando de miedo.

Se suspenden las consultas
por Incompetencia.

OCHO

He tenido que tapiar esa puerta:
entraba mucho viento.
Ven por otro lado, por favor;
mí casa tiene más.
(Tristísimo:
nos vamos acostumbrando a vivir

NUEVE

A pesar de la miel y los cacharros por el suelo
(y he sido yo)
es evidente y necesario retirarse,
Mis patas de oso
embarullan y espuman el bodrio.
(Soy un cacharro más de los rotos por el suelo
uno que fue grande).
Y hay que salirse fuera,
más allá de la puerta de la calle,
a la otra acera,
a esperar que alguien entre
con globos en los pies
y arregle el estropicio
o colabore.

DIEZ

Cualquier día de estos
tendrás que serrar las cuatro patas del trono
de tu padre.
Lo mejor es desmontarle enseguida la aureola
con un destornillador
y luego empujarle el hombro izquierdo
con un golpe seco y suave
hasta dejarlo con el culo en el suelo
seria bueno después
sentarse a su lado
y llamarle por el nombre de pila
y amigo y compañero.
Al acabar, conviene
machacar los restos del trono
y tirarlos por la ventana.
Y no consolarse con sucedáneos
(profetas tibetanos, yoguis majurichis, jefes varios
en la nostalgia natural
por la falta de costumbre de ser huérfano.

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