Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada
341 La ratita y la educación de adultos

En un país muy lejano, había una vez una ratita que harta de barrer su casita y de ser analfabeta funcional, se apuntó a una Escuela de Adultos, y, una vez allí, no comprendía que todo el interés que los gobernantes decían tener por la educación de las personas mayores, lo manifestaron en ponerle todas las trabas posibles, escatimando y retrasando las subvenciones, enviando paracaidistas funcionarios tutores para asustar en los exámenes, regateando locales públicos o cambiándolos a mitad de curso y cosas así; y pensaba, que como el gobierno decía que era socialista tenía que ser por alguna de estas tres buenas razones: o bien, por una razón pedagógica paternal o quizás postmoderna para enseñarles a los adultos a superar todas las dificultades y prepararles así para el canibalismo de la sociedad de mercado; o bien, por una preocupación por la igualdad, para que los índices del fracaso escolar en la educación de adultos fueran similares a los de la EGB, que ya eran bastante subidos; o finalmente, por una preocupación por la salud mental, el bienestar y la felicidad de los mismos adultos, porque, si ya tenían las tareas de la casa, el trabajo, o las colas del INEM para entretenerse por el día, los culebrones para llorar y los telediarios para estar informados y saber a quién tenían que votar cada cuatro años, ¿qué necesidad tenían de salir de casa para estudiar, y formarse una conciencia crítica, que no les iba a traer nada más que problemas a los mismos adultos, a los empresarios y al gobierno?

342 Las gallinas y la huelga general

Un día 27 de enero de 1994, por la mañana, iban tres gallinas maestras, alegres, camino del Colegio, porque había huelga general de todos los gallos, gallinas, pollas y pollos de Cartagena y no irían los pollitos al Colegio. Y allí pasaron la mañana charlando y tomando café, y ni siquiera acabaron de redactar unos papeles, porque la gallina maestra que más trabajaba en eso había hecho huelga y cuando le descontaran las 7.000 pesetas por el día, ya vendría y las acabaría ella de redactar. Y al final de la mañana, se marcharon a su casa tan contentas, porque, como eran gallinas maestras y los pollitos tienen que aprender de todo, estaban satisfechas de haber dado una hermosa lección de insolidaridad sin que les costara un céntimo y únicamente lamentaban que los piquetes no les hubieran puesto silicona en la cerradura de la puerta para haberse marchado antes a casa por causa de fuerza mayor.

343 La sapita cariñosa y el sapito poco parlero

Una sapita cariñosa se enamoró de un "sapito poco parlero" y, como es natural, y acostumbrado entre los amantes, la sapita le decía muchas veces que le quería y deseaba que el sapito se lo dijera a la recíproca. Y el sapito, como era poco parlero, pero tenía buena letra, le regaló, un día un papel manuscrito para que lo tuviera siempre, si quería delante de sus ojos y que decía así: Porque me quieres y quieres que te quiera y por más cosas, yo te quiero, y el día que no me quieras, ni quieras que yo te quiera, yo te seguiré queriendo porque me has querido, pero ya no te diré que te quiero e, incluso, si tu quieres, te diré que tampoco te quiero. Y aunque a la sapita le gustó un poco el papel, le dijo al sapito, que, a lo mejor, aunque ambos hablaban castellano, no hablaban el mismo lenguaje. Y "el sapito poco parlero" reconoció que, tal vez era así, pero, trayéndola a su terreno, le dijo que podían callarse a ratos en el mismo silencio.

344 Avispas, clases y moscas

Una delegación de avispas visitó una noche a Cuervo Ingenuo para protestar dulcemente de que todas las avispas que salían en las fábulas eran militares, siendo así que en todas las especies animales hay opresores y oprimidos, como se ve por la historia y la literatura y que, por ejemplo, entre las moscas, que habían salido tan bien paradas en la fábula XX, había ciertamente muchas moscas proletarias honestas, pero Neruda había ya descrito en su Canto General "las moscas de circo, sabias moscas entendidas en tiranía" para la ópera bufa, que montó la United Fruit Co. "en la dulce cintura de América"; por no hablar de las putas moscas políticas profesionales, que mienten y zumban insoportablemente por turno alrededor de la democracia burguesa, porque (como ya le había contado a Cuervo Ingenuo otro cuervo navarro desenjaulado, que se llamaba en vasco Koldo y en castellano Luis) la democracia burguesa era una mierda, donde no cambiaban más que las moscas cada cuatro años y a veces ni eso.

345 El gorrioncillo y toda la violencia

A un gorrioncillo cristiano fervoroso le acometió un día una revelación celestial, que le instaba a oponerse a "toda violencia venga de donde venga" (o más gramaticalmente, viniera de donde viniera) y dedicó toda su vida a eso, recibiendo las bendiciones y alabanzas de las autoridades espirituales, civiles y militares. Y cuando, ya mayor, le dio por hacer balance de su vida, le parecía que como la violencia del mundo es muchísima no se había opuesto a toda violencia, sino sólo a parte de la violencia y en concreto a la parte chiquita de la violencia que venía de abajo (o sea, la dulce violencia de los oprimidos) y nunca jamás se había opuesto a la enorme parte de violencia que venía de arriba (o sea, a la desalmada violencia de los opresores y de sus estados, que, por la fuerza de la costumbre, ni se nota, ni parece violencia, sino preocupación paternal por la felicidad y tranquilidad de todos, aunque se pasee por las calles cargada de porras, pistolones, escopetas, tanques y misiles); e incluso tenía que reconocer que, con frecuencia, se había opuesto a la violencia, que venía de abajo, con bastante violencia.

346 La tórtola y el gusto de hacer el amor

Hubo una vez una tórtola amante madura que, aunque empezó tarde, le había tomado mucho gusto a hacer el amor y se volvía tres meses más joven con cada orgasmo dulce. Y como hacía tanto el amor sin aburrirse ni lo más mínimo, se hizo tan joven que un día tuvo que volver a la escuela y, aunque tenía que llevar a clase el doble decímetro, dejó de tener la regla y menos mal que entonces se le pasaron un poco las ganas de hacer el amor y aprovechó la ocasión para sacarse el Graduado Escolar, que no lo tenía, porque si no, a ese paso de rejuvenecerse, era capaz de llegar al óvulo y al espermatozoide o, incluso, a que sus padres no se conocieran.

346 (bis) El conejo y el problema de la organización

Un conejo militante obrero cristiano tenía con frecuencia tentaciones intensas de borrarse de su organización; porque, aunque eran cuatro gatos y no controlaban ni una miserable parcelita de poder institucional, tenían todos los defectos inherentes a las grandes organizaciones que un día quisieron cambiar la sociedad y después no, (o que la cambiaron tan profundamente que todo siguió casi lo mismo, menos que ellos ocuparon los puestos de los otros, lo que a lo mejor era un consuelo para ellos mismos, pero para la mayoría no); defectos como eran el afán por la ortodoxia, el control de las disidencias, el miedo cerval a no tener razón, el repetir sin parar las mismas cosas en muchísimos papeles con músicas sacadas de la discoteca ideal de músicas celestiales y etcétera y etcétera (que significa y las demás cosas y las demás cosas).
Pero, al final, no se borró. Porque pensaba que para hacer otra organización parecida, con los mismos defectos inherentes, pues ya tenía una. Y, como no creía que fuera verdad lo que había dicho Karl R. Popper (que hoy descansó en paz) que éste era el mejor de los mundos posibles y que cualquier cambio sería para peor, sino que creía que era verdad lo que había dicho Jesús de Nazaret, que se acercaba el reinado de Dios (o séase, una revolucioncita chachi para la gente pobre; y eso, aunque había que reconocer que tardaba un poco más de la cuenta) pues estaba seguro que saldría pronto otro tipo de organización más popular y farandulera (algo así como las peñas del País Vasco o mejor aún) que mandaría los papeles y la ortodoxia a la mismísima mierda y, a base de lucha y jolgorio práctico, cambiaría las mentes del personal. y todos veríamos lo aburrido que es explotar y ser explotado, engañar y ser engañado, consumir y ser consumido, y así convertiría la tierra en una fiesta perpetua y gratuita, donde la gente se moriría sólo cuando te diera la gana; porque ya no sería necesario morirse para ver lo que Dios tiene preparado para lo que se (le) aman.

347 La verdadera historia del Dr. Jeckyll

Robert L. Stevenson modificó ligeramente las confidencias del abogado Mc. Utterson para no alarmar las victorianas conciencias de sus lectores. El verdadero problema del Dr. Jekyll es que era rico (o sea, guapo y amable), pero no era feliz, y, por eso, descubrió una pócima para convertirse en pobre (y, por eso, Mr, Hyde era más pequeño y mas feo, como son de ordinario todos los pobres). El Dr. Jekyll se sentía plenamente feliz en su condición de pobre, pero despertaba tanta repugnancia en las demás personas, tanto ricas como pobres, que huían de él como la peste. A eso se debe el famoso accidente de la niña, que huyó al verle, al doblar una esquina, y resbaló, dándose un buen batacazo sin que Hyde, aterrorizado por el terror de la niña, se pudiera mover de su sitio; y el del anciano casero, que, cuando Hyde intentaba encaminarlo hacia una dirección, sintió un repentino ataque de terror a la pobreza y, al huir, cayó rodando por unas escaleras y se mató, rompiendo de paso el bastón de Mr. Hyde, que le alargó para impedir la caída. Por supuesto que era cierta la historia del antídoto, que le permitía recuperar su identidad de rico y también era cierto que su amigo y colega el Dr. Lanyon estaba al tanto de todo. Cuando el Dr Jekyll, después de sopesar sus dos vidas, destruyó las fórmulas del antídoto y se decidió a vivir como Mr. Hyde, Lanyon no pudo resistirlo y lo asesinó. Luego se confesó a Utterson que, como buen ahogado, logró echar tierra al asunto. El testamento de Jekyll a favor de Mr Utterson indica claramente que no le caía simpático.

348 El conejo y la mala leche

Hubo una vez un conejo militante obrero cristiano al que con la vejez y las enfermedades y el que nunca las cosas son como uno se imagina que deben ser, a veces se le agriaba el vino e iba por la calle con cara de que todo el mundo le debía algo y no se lo pagaba; y le parecía que la gente le debería agradecer por lo menos un poco todo lo que él había hecho por el mundo obrero sin pedir nada a cambio, y, en general, daba la impresión de que la venida del reinado de Dios iba a ser más triste que un entierro de tercera. Hasta que una mañana de verano en que, como militante obrero cristiano viejo hacia su oración matutina, se le coló por la ventana San José Obrero con el Niño Jesús y un martillo de carpintero para que lo conociera; y después de decirle bola, qué tal, le dijo que menos facturas y recibos, que ya sabía cuando empezó (y, si no, se lo decía él ahora) que el mayor premio de su vida había sido y era tener un puesto de trabajo en la construcción del reino; y que no fuera dando por culo por ahí como los trabajadores de la primera hora de la parábola de la viña; y que ¿cómo quería que viniera gente joven detrás de él como sería necesario, (gente de hoy que era más abierta y bullanguera y a los que no les iba ni chispa el yogur eclesial) si veían la mala leche que se le había puesto a él en su camino del evangelio? Y luego San José Obrero dijo: pííí fin del mensaje y le dio el pie del niño Jesús para que lo besara y se fue por la ventana como había venido.
Y, aunque al conejo le pareció que el San José Obrero, si le quitaba la barba, era clavadito a un amigo suyo que se llamaba Alfonso; y el niño Jesús muy parecido a un nieto que había tenido hacía poco, como le pareció que el mensaje era revelación de la buena, lo dio por recibido y se hizo en adelante tan dulce y asequible como un cordial.

349 Los gorgojos y la dictadura del proletariado

Una vez, en el futuro, un país de gorgojos, cansados de siglos y siglos de dictadura de la burguesía, implantó suavemente y por mayoría aplastante, la dictadura del proletariado, y los gorgojos más ricos, en vez de correr como locos tras el máximo beneficio, iban libremente a la escuela de adultos, dónde un gorgojo obrero viejo les dictaba: "No se debe trabajar tanto". Y también: "Es una estupidez ganar mucho dinero". Y ellos escribían: "Es una estupidez ganar mucho dinero". Y también: "Si toda la gente viviera como he vivido yo, reventaba el mundo". Y ellos escribían. Y al salir de clase, decían: "Si llegamos a saber antes lo que era la dictadura del proletariado, no le hubiéramos tenido tanto pánico. Porque además de las cosas que aprendemos, hay que ver como hemos mejorado la caligrafía".

350 Formas transitorias de confrontación salerosa

Una vez, en el futuro todavía imperfecto, y antes de que se acabaran del todo las guerras, se pusieron de moda unas formas transitorias de confrontación salerosa entre países, que consistían en que, cada ejército iba a invadir el país vecino sin armas y a pie, sin manchar nada, y sin tirar un papel al suelo, y arreglaban allí todas las cosas que llevaban estropeadas más de 10 años, según las indicaciones preparadas por los vecinos pobres como baches, bombillas de los semáforos, humedeces de las casas, alcachofas de duchas, grifos que goteaban etc., organizando todas las noches fuegos de campamento con verbenas y, al cabo de un mes, cada ejército se volvía a su casa y, entonces, una comisión paritaria evaluaba los dos campos de batalla y proclamaba al primer país vencedor y al segundo país vencedor, en los dos países, y se declaraba una semana de fiesta y todos se divertían en cantidad, y la gente hacía amistades, y se escribía todos los meses basta la próxima guerra, que nadie temía, sino que deseaba con toda devoción, porque se lo habían pasado pipa.

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