Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

321 El mochuelo, la sabiduría y la razón

Había una vez un mochuelo, aprendiz de sabio, relativamente modesto y, precisamente por eso no se atrevía a decir radicalmente como Sócrates: "Solo sé que no sé nada". Y, aunque estaba convencido de que sabía poco y de pocas cosas, no se angustiaba, pues gracias a eso, podía aprender otras cosas y repasar sin aburrirse lo que ya sabía. Y a la hora de comparar sus pensamientos con la verdad, pensaba con frecuencia que a lo mejor no tenía razón, pero tampoco se angustiaba por eso, porque, en virtud de la misma noción de probabilidad, a lo mejor sí la tenía, aparte de que le preocupaba mucho más que fuera reconocida universalmente la razón de las sencillas gentes oprimidas, reconocimiento tan necesario para la felicidad de todos como (in)explicablemente postergado.

322 La pajarita y la lectura

Había una vez una pajarita de las nieves a la que desde muy pequeña le encantaba leer y, después de leerse las cosas de cabo a rabo, se las leía de rabo a oreja para enterarse mejor. Y, por eso, se hizo un ex-libris donde figuraban dos borricos unidos por el rabo paciendo en un campo de letras con una leyenda debajo que decía: "DÁBALE ARROZ A LA ZORRA EL ABAD" que como es un palíndromo, o sea una frase capicúa, se ,puede leer lo mismo al derecho que al revés.

323 Festival electoral

Lo que comenzó anunciándose en las farolas como los circos que actúan en Cartagena junto al Cuartel de la Guardia Civil, resultó ser un carnaval con el genuino sabor americano donde todos se disfrazaban de lo que no eran. Y se vio tan claro que se trataba de gobernar en nombre de los empresarios, que los dos principales partidos prometían cientos de miles de puestos de trabajo, como si fueran ellos los que se iban a beneficiar de la plusvalía. Y con un simple paraguas en la mano para defenderse de las inclemencias del tiempo, convencían a la gente de que si ellos abrían el paraguas, llovía, y de que si lo cerraban, salía el sol.

324 Los grullos, la realidad y la esperanza

Había un grullo militante que confundía las realidades con las esperanzas y cuando veía lo mal que andaba todo decía: ¡Hay tan pocas esperanzas! Y otro grullo, militante también, pero más risueño le contestaba que no, que lo que había eran pocas realidades, pero que las esperanzas eran todas para nosotros.

325 Los palomos y los nombres del amor

Hubo una vez un palomo maduro que fue amado locamente por una paloma algo mayor que él, pero mucho más joven. Y cuando hacían el amor, ella lo llamaba amigo, esposo, marido, palomo mío y macho mío y todas las demás cosas buenas que dicen las palomas buenas locamente enamoradas. El palomo no sabía si estaba enamorado de la paloma pero como no era mala persona y era agradecido y cariñoso, hacía lo que podía en la cama y fuera de la cama por tenerla contenta y feliz, con sus fallos naturales, claro está, porque nadie es perfecto; y en cuestión de nombres prefería ser llamado amigo y amado que eran nombres que te parecían verdaderos, pero no amante, porque como no era del todo verdad, le daba mucha vergüenza y, a lo más, se llamaba aprendiz de amante y, desde luego, completo analfabeto sexual.

326 El corsario y la perra

Un corsario iba todos los meses a Granada y echaba un día entero en el viaje y una vez fue con su perra que estaba preñada y mientras hacía los encargos en la ciudad la perra parió cuatro cachorros en la posada. Al cosario le dio pena matar los cachorros y llevarse la perra y la dejó en la posada, pensando recogerla al mes siguiente. Pero cuando llegó al pueblo por la noche, salió a recibirle la perra y le enseñó los cuatro cachorros que ella había traído desde Granada haciendo siete veces el camino.

327 Los alimentos ligeros

Había una vez un hombre que sólo tomaba alimentos ligeros, y por eso sólo cagaba mierda ligera y flotante; y para que el water se la tragara, tenía que tirar muchas veces de la cadena y empujar con la escobilla.

328 El pollo que iba para gallo

Un pollo que iba para gallo, pero se quedó en pollo y se llamaba Juan hablaba de su amigo Jesús que no sabía lo que decía, pero no paraba de hablar y entraba en las librerías y hojeaba de hojas u ojeaba de ojo los libros como si los estrangulara, y le llamaban Jesús el destripador o el estrangulador de libros; y a Antonio, que venía en una silla de ruedas le decía: "A ver si andamos un día de estos y hay que tener esperanza en el futuro y que la esperanza del mundo eran el ciego, el manco, el cojo y el dinero, que por algo Dios y él eran omniscientes y Apocalipsis 21 al 4".

329 La golondrina y la filosofía de la ciencia

Ha resultado prácticamente inadvertida para la comunidad científica internacional una tesis doctoral en filosofía de la Ciencia, defendida recientemente en la modesta Universidad de Bullas, por una golondrina autodidacta, que analizaba las concomitancias entre la ley del máximo beneficio, la ley de la gravedad y la ley del "chorizamiento" universal. Las conclusiones de la tesis se resumían en este breve enunciado final. "En un campo vectorial sometido a las fuerzas de máximo beneficio, la ley de la gravedad es sustituida por la ley de la levedad (es decir, cualquier vecino piensa que para que se lo lleve otro, lo mejor es que me lo lleve yo, y eso no es grave, sino leve, e incluso meritorio), y así se produce fatalmente el chorizamiento universal".

330 El buitre que sembraba vientos

Había una vez un buitre que se ganaba holgadamente la vida a comisión, sembrando vientos y recogiendo tempestades, que ponía a disposición de las compañías de seguros para que los ciudadanos y campesinos suscribieran pólizas multirriesgo. Pero una vez que todos los ciudadanos estuvieron asegurados y pagaron sus pólizas, resultó que ya no era necesario y las compañías cerraron el grifo de las comisiones y el buitre tuvo que vivir muy estrechamente, y como no estaba acostumbrado a volar con el aire en calma, una espléndida mañana de mayo salió a dar una vuelta y al coger una térmica se le fue la dirección, cayó en picado y se hizo carbonato.

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