Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

211 Pequeña tecnología de la revolución

Otra de las grullas de la bandada anterior aunque estaba de acuerdo en las dificultades de construir el socialismo y hacerlo natural, matizaba y añadía que también tenía su dificultad la pequeña tecnología de la revolución, porque había que ser duro con el enemigo de todos, pero muy tierno con los compañeros y sus debilidades naturales y recordar que si uno lucha un día, no sólo es bueno, sino que hay que agradecerlo.
Y aunque, como dijo San Bertolt Brecht, los que luchan toda la vida sean imprescindibles, no hay por ahora muchos de esos y qué le vamos a hacer. Y que no era bueno aplicar las pautas de la sociedad de consumo a la militancia, porque con frecuencia los contenedores estaban llenos de televisores y militantes averiados que tiraba la gente, y los televisores los producían las fábricas por un tubo, pero la producción de militantes era lenta y costosísima y era mucho mejor gastar un poco de tiempo y dinero en repararlos. Y que era mejor canalizar la natural agresividad que despierta la lucha contra la opresión hacia uno mismo y no hacia los compañeros, porque no era bueno creerse uno más revolucionario y socialista que nadie, sino más bien, más reaccionario y capitalista que muchos capitalistas reaccionarios, porque a menudo es verdad que el enemigo está dentro de cada uno, y fíjese usted, qué curioso, que a veces le parece útil la olvidada ascesis (o sea el alpinismo) cristiana, pero aplicada al deshollino interior de cada uno, que requiere la revolución para seguir al mismo tiempo con el mazo dando y que salga algo bueno y no el desastre universal.

212 La ternera y las relaciones sexo-laborales

Una dulce ternera obrera fue agredida sexualmente por su jefe, pero ella se defendió hábilmente con una coz en el paquete, que lo recondujo dulcemente del acoso sexual al ocaso sexual, y en la cena homenaje que le ofreció el colectivo de terneras feministas de su localidad señaló que era mucho más obsceno trabajar para otro que acostarse con él por obligación o forzada; porque en este caso unas veces uno estaba arriba y otras debajo y viceversa y hasta algunas veces podían obtener placer los dos, porque el rollo del sexo es más complicado de lo que parece a primera vista; pero al trabajar para otro, siempre y sin excepción era el patrón el que estaba encima y el único que tenía el orgasmo.

213 El ecologista y el arbolico

Por una de las frecuentes injusticias de la justicia, un arbolico fue desterrado al portón de una vivienda de pisos de clase media, donde vivía un ecologista cariñoso, Pero la gente, además de que somos un poco despistados, creemos que la ecología, como la revolución, caen bastante lejos de casa y así, ni el ecologista ni ningún vecino se percató de que el arbolico agonizaba, ni oía sus gritos de auxilio pidiendo un poco de agua. Menos mal que una especie de matrimonio de hermanos que limpiaban la escalera, lo oyeron gritar una mañana temprano, cuando toda la casa estaba en silencio y desde entonces le echaban agua y lo cuidaban, porque aunque no ejercían de ecologistas, tenían un corazón tierno debajo de las conchas protectoras, y lo que son las cosas de la generosa naturaleza, desde entonces el arbolico sonreía a todos los vecinos, especialmente al ecologista cariñoso.

214 La hormiga, la calidad y la cantidad

Había una vez una hormiga electricista que, por las cosas de la vida o porque su madre le diría que estaba mejor visto, o porque le gustaba correr rallys, con un Peugeot, era pequeño empresario; y trabajaba como un burro autónomo y no le pagaban; y casi la mitad del trabajo suyo era conseguir créditos al 27% y tenía mucho trabajo en las dos cosas, pero como seguían sin pagarle, tampoco él podía pagar y le cortaban el teléfono y le tenía que avalar una tía de su mujer, que se llevaba todos los meses unos sustos de muerte, cuando recibía cartas con amenazas de embargo; y resultaba que sí, que tenía la calidad de empresario pero en tan poca cantidad que lo pasaba peor que muchas hormigas obreras, sólo que éstas por su calidad (de él y de ellas) lo miraban con desconfianza y/o recelo.

215 El águila y la canción

Los invitados a una despedida de soltero después de cantar "Asturias patria querida", "Eres alta y delgada" y "A la sombra de los pinos", se arrancaron por "Guadalajara en un llano", y al llegar a la segunda letra que dice:
L'águila siendo animal
Se retrató en el dinero:
Para subir al nopal (ter)
Pidió permiso primero
Bajó un águila que vivía en el piso de arriba y les preguntó si sabían lo que quería decir la letra. Los invitados, que eran gente joven, le dijeron que las canciones se cantan, pero no hace falta entenderlas, y, por eso, tienen hoy tanto éxito las canciones en inglés, pero si quería marcarse un rollo magisterial pues que la explicara; y el águila les dijo, que lo de retratarse en el dinero quería decir que las monedas mejicanas llevaban troquelada un águila encima de una palera, que allí se llama nopal, lo mismo que al higo de pala o higo chumbo le llaman allí tuna, y que lo mismo aquí que allí, hay que comerse sin espinarse la mano, o sea, sin llenársela de punchas, como decía la estrofa anterior de la canción. El novio le ofreció un trago yle preguntó qué tal era el trabajo de adornar las monedas, y al águila se le aflojó la lengua y dijo que estaba un poco en baja, porque el peso duro mejicano todavía la llevaba, pero su hija la peseta o la pesita ya no llevaba águila, en parte por la reforma política y en parte porque, como era ya tan pequeña no cabía dentro y que casi todas las águilas trabajaban como vigilantes jurados como ella, y como se habían multiplicado tanto las empresas de seguridad, también trabajaban en ellas colorines ecologistas, codornices sencillas y palomas de la paz, a las que les sentaban las pistolas como a Jesucristo. Y tomaron un par de copas más y se despidieron porque al día siguiente tenían todos que trabajar menos el novio que con casarse tenía ya bastante trabajo.

216 La gaviota y la bocana

Había una vez en Cartagena una gaviota a la que le gustaba, cuando estaba libre, volar sobre la bocana del puerto y aprovechar las corrientes de aire para gozar de la vista del mar por un lado y por otro de la ciudad asentada sobre cinco colinas, que estaba ahora un poco cochambroso, pero que se veía que había sido alguna vez e incluso que podría llegar a ser otra vez una ciudad decente y habitable. Y cuando, según el plan de labores de las gaviotas, le tocaba volar sobre la ciudad, se ponía a graznar y a volar rasante sobre los transeúntes, pero no con mala intención sino sólo porque quería que la mandaran otra vez a tomar viento a la farola.

217 La pájara pinta y la emancipación obrera

Una pájara pinta obrera, ferviente partidaria de la emancipación de su clase, sentía que era una lástima que la emancipación no se diera de una vez sino por partes, y que hubiera comenzado por las pajaritas que trabajaban en la Seguridad Social que, después de estudiar en la Academia Pérez de Lema y haber conseguido un puesto de trabajo en propiedad, algunas se habían convertido en buitras y aunque estaban a sueldo de todos los pajaritos cotizantes que eran en realidad sus patronos, los trataban como si fueran sucios obreros y mendigos de la beneficencia, aunque tampoco se sabe por qué a éstos hay que tratarlos despectiva o paternalmente, que casi es lo mismo, pero bueno. Y pensaba que probablemente la emancipación no va a consistir en que los obreros nos convirtamos en patronos, sino en que desaparezcan los patronos, sus puestos, sus tareas y su recuerdo y todos trabajemos y nos divirtamos como ciudadanos vecinos, compañeros, amigos, y, exceptuando las peleas y la falta de respeto mutuo, como hermanos.

218 La pajarita de las nieves y la libertad de mercado

Atraída por la libertad de mercado, una pajarita de las nieves emigró del Magreb a la Península y se ganaba la vida vendiendo al menudeo artesanía marroquí fabricada en Taiwan, que compraba en unos Almacenes al por mayor de la ciudad de Murcia, pero tenía tantas dificultades para lograr permiso para un puesto estable en los mercados, y la perseguía tanto la policía cuando intentaba vender por la calle, que llegó a pensar que la cacareada libertad de mercado era sólo buena para los grandes vendedores multinacionales y que a ella lo que le convenía era la libertad de mercadillo.

219 La lluvia cariñosa

Hubo una vez en Cartagena, una lluvia inteligente y cariñosa que cayó según el gusto y la necesidad de cada uno, porque quitó el polvo de los coches y de las calles sin hacer charcos, excepto uno grande que dejó en un descampado del ensanche para que pudieran jugar los niños con barquitos o a cruzarlos con botas de goma o descalzos. Donde había obreros que cobraban si dejaban de trabajar por la lluvia, llovía a cántaros, donde no tenían condiciones tan buenas en el convenio llovía que casi no se notaba para que no perdieran el día. También regó lo justo las macetas de los balcones y si había ropa tendida no la mojaba, ni tampoco los pantalones de los que llevaban paraguas. Llenó el Aljibe de la Aguja hasta rebosar con un agua clarísima, limpió las ramblas sin desbordarlas, y por los montes regó la ajedrea, el rabo gato, el romero, y la alhucema, y la dulce mejorana y el medicinal té de roca, y para resumir y no alargarse, llovió tan rematadamente bien que, a partir de aquel día, aunque se siguió diciendo, ya no se decía con toda verdad, que nunca llueve a gusto de todos.

220 El gato bonsái

Un paciente cirujano japonés logró recubrir con alambre el esqueleto de un gatito recién nacido para impedir el crecimiento natural y el gato se quedó pequeñito toda su vida y todo el mundo estuvo encantado del experimento menos el gato bonsái que tenía unos terribles dolores y acabó drogata perdido de tanto Sosegón cómo tenia que tomar.

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