Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada.

171 El hombre que perdía la cabeza

Hubo un hombre que una vez perdió la cabeza y le costó un poco encontrarla porque la cabeza le veía y le llamaba pero él ni la veía ni la oía y tuvo que ir palpando con las manos por el suelo hasta que la encontró y se la puso, pero se ve que no la encajó bien, porque de vez en cuando la volvía a perder; así que fue a un taller mecánico de sujetar cabezas y allí le apretaron bien las tuercas con llave inglesa y ya nunca más perdió la cabeza, y quedó muy equilibrado, pero aún así algunas veces perdía el pie y más a menudo el corazón.

172 La seguridad de los creyentes

Hubo una vez un rebaño de ovejas fieles a las que les encantaba torrarse en la dulce modorra de la seguridad de los creyentes . Y, cuando salían a las dehesas eclesiales a disfrutar del sol de la tradición y de la teología perenne, cada una metía la cabeza debajo del culo de la más cercana y rumiaban así sus seculares alimentos con parsimonia, soltando de vez en cuando balidos como bostezos que eran su forma de dar gracias por la felicidad de pertenecer al escogido rebaño de las ovejas blancas de Dios. Y por eso compadecían en lo íntimo de su corazón a las pobres cabras ateas y agnósticas que tenían que andar triscando por los montes, y también a las pobres ovejas negras, que se habían declarado nada menos que hermanas de las cabras agnósticas y primas hermanas de las cabras ateas, y que andaban también por ahí comiendo hierbas silvestres, sin duda perniciosas, que decían que les servían para purificar la expresión y los mismos contenidos de su fe; porque ¿qué necesidad tenían de plantearse cuestiones que podrían ser muy existenciales, pero que seguro estaban todas resueltas, en la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino y la Colección de Encíclicas Papales; además de que, por muy negras que se hubieran vuelto, todavía se les notaba el aire de oveja y cojeaban evidentemente de la misma seguridad de los creyentes; y estaba claro que pertenecían las ovejas negras gracias a su identidad cristiana, y las cabras ateas y agnósticas gracias a su identidad humana, al inmenso rebaño de los cuadrúpedos de Dios, que, bien guiado por sus legítimos pastores, retrocedían victoriosamente hacia la época de Constantino el Grande y desde allí al cielo, donde recibirían la gloria que para todos como para mi deseo. Amén

173 Razón y fe

Un pobre mochuelo ateo que había perseverado meritoriamente en su honesto ateísmo basta su edad madura, en vista de cómo se iban poniendo las cosas y por miedo a quedarse sin empleo y sin sueldo, y como había oído que algunos ateos insignes no habían tenido más remedio que hincar el pico al final de sus días, se empezó a plantear la conversión y, acercándose a la sana doctrina, se maravillaba de las cotas tan altas a donde puede llegar la razón humana iluminada por la fe: pues un pavo monseñor, insigne moralista, Justificando que la pena de muerte fuera aceptada como lícita y conveniente por el nuevo catecismo de La Iglesia Católica, decía que, aunque los gobiernos hablaran de reinserción del delincuente y otras monsergas, cada vez estaba más claro que debía haber penas por su valor ejemplarizante, para que la gente se apartara del delito, y era evidente y ya había sido repetido por miles de veces que la pena de muerte, en el caso del condenado, era tan ejemplar que ya no volvía a cometer ningún delito más.

174 La codorniz y el himno

Una codorniz sencilla que vivía cerca del Alcázar de Toledo había oído cantar miles de veces el himno sacrosanto del deber, de la patria y del honor, honor, honor, de la famosa Academia de Infantería, ese que empieza: "ardor guerrero vibre en nuestras voces",- y, si bien cuando lo oía de joven le emocionaba un pelín, luego, ya no tanto, porque lo veía un poco santurrón y beato, con mucho consagrar amor y vida, besar la cruz aquella, invocar nombres, prometer ser fieles y dignos y tener visiones postreras y tal; y eso, por no decir algo chuleta, pero con chulería feudal, con mucho honor, honor, honor, mucho anhelo de que la patria sea noble y fuerte, sea temida y honrada, y el morir orgullosos al ver flotar victoriosa su bandera, y el apoderarse de sus pechos, con la épica nobleza castellana, el ansia altiva de los grandes hechos y tal, por no hablar ya directamente del ardor guerrero, que la codorniz, que era pacifista y hasta algo insumisa, detestaba profundamente, y más si era ardor de guerras entre pobres o contra los pobres, que son casi todas; y, en la cuestión del besar, prefería besar a otras codornices amigas y conocidas, mejor que besar un trapo de colores, que, a lo mejor, no estaba muy limpio y, con tanto besuqueo, podía haber cogido gérmenes patógenos, y además, en lo de ir contentos a la muerte, le parecía que había un truco: porque lo que iban en primer lugar, contentos o no, era a matar al prójimo, aunque el prójimo cayera un poco lejos, menos en las guerras civiles inciviles, que caía justo al lado; que la lucha era fiera, se suponía, ya que las guerras hacen eso con las personas, 0 sea, fieras, que ya dijo Miguel Hernández que había regresado al tigre. Y, para acabar, que era un problema dónde guardaba la patria las vidas que le entregaban, que debería tener, por lo menos, un almacén y un ordenador para llevar la cuenta, y se veía que no los tenía, con tantos monumentos como hay por ahí al soldado desconocido, y como íbamos a ir tantos como somos la patria a devolver agradecidos en la frente dolorida el beso que recibió, o sea, recibimos; y que, en resumen, en vez de querer a la patria tan en abstracto como decía el himno, lo mejor era querer a la gente en concreto y aunque no tuviéramos mucho honor, ni maldita la falta que nos hacía, seguro que viviríamos en la gloria.

175 La devoción y la limpieza diaria

Una golondrina turista que venía a Cartagena en primavera, antes de que hiciera demasiado calor, se quejaba de aquí la gente expresaba su devoción en las procesiones de Semana Santa comiendo churros, pipas y caramelos y tirando las cáscaras y papeles al santo suelo y a la mañana siguiente no se podía andar por las baldosas enmarranadas con las pruebas fehacientes de la devoción popular, y como se habían quejado los barrenderos de la dificultad de barrer con tanta silla en la calle, el Ayuntamiento ya no las barría y desentonaban un poco de la gravedad militar que rezumaban las procesiones. Y es que quizás no sabía la golondrina que las procesiones son las fiestas de una ciudad que, como ha sido taller de guerra desde que entró en la historia escrita de la mano de Polibio, no sabe la pobre celebrar fiestas sin desfiles y uniformes, aunque sean procesiones de capirotes, pero como son tan lucidas y largas, no se pueden aguantar sin echarse algo al cuerpo aunque sean churros y cascaruja, que eran claramente el aparato logístico y por eso antes de las marciales procesiones propiamente dichas desfilaba una brigada de carrillos con la intendencia, y, al final la golondrina lo comprendía, pero decía que ya iba siendo hora de que la ciudad se desmilitarizara y se civilizara un poco.

176 Brujas y clases

Un topo tranquilo estudiante de sociología se maravillaba de la cantidad de teorías que había para explicar las clases sociales, desde la teoría funcional de Parsons, a la marxista, pasando por la nueva teoría farmacéutica que afirmaba que las clases eran como el acné juvenil de las Sociedades poco evolucionadas. Sin embargo cuando salía del aula le parecía que lo que estudiaba era especulación pura, porque la hegemonía de los mandamases era tal que no sólo no había oficialmente lucha de clases, sino que ni siquiera había clases, ya que según la Constitución todas las personas son absolutamente iguales ante la ley y aunque es cierto que la ley no era absolutamente igual con ellos, según fueran ricos y pobres, la gente sabía que siempre había sido así y no les extrañaba y por eso pensaba el estudiante que iba a pasar con las clases lo mismo que con las brujas en Galicia, aunque allí se llaman meigas, que no se puede creer en ellas, pero saberlas, haylas.

177 El mirlo, las cosas y las fechas

Con ocasión del debate sobre el final de la historia, un mirlo historiador, que había leído conmovido la queja profética, un poco parmenidiana del buen León Felipe, ¿quién lee mil años de la historia y no la cierra, al ver las mismas cosas siempre con distinta fecha? Las mismas guerras, los mismos tiranos y los mismos, los mismos poetas. ¡Que pena!, ideó que quizás una solución del debate sería escribir una historia con las mismas cosas siempre y con la misma fecha y preparó un texto escolar de unas 200 páginas con un contenido muy sencillo que era:

1993, Matanza de inocentes Pobres en el mundo,
1993, Matanza de inocentes pobres en el mundo.
1993. Matanza de inocentes pobres en el mundo.
Y aunque tenía la ventaja de que los niños se lo aprendían enseguida de memoria, le parecía monótono y poco significativo y abandonó la idea, porque le parecía que era evidente que las fechas cambiaban y que quizás las cosas fueran las mismas o parecidas, pero, felizmente para los historiadores e incluso para los pobres, un poco distintas.

178 El papamoscas y la campaña electoral

Un papamoscas experto en campañas electorales, comenzaba a preparar por encargo de Carlos Collado las siguientes elecciones bastante antes de que, bien o mal, dejara de ser presidente de la CARM, y un día que pasaba en coche Por el Paseo de Alfonso XIII acertó a leer una Pintada que decía "Collado vive..." y pensó utilizar un paralelismo con el grito nicaraguense : "Sandino vive!" Y más ahora que la revolución sandinista, después de derribar a la dictadura de Tachito Somoza y haber hecho algunas exageraciones revolucionarias como perdonar a los torturadores y repartir la tierra, había vuelto gracias a los esfuerzos de los Estados Unidos a la verdadera democracia con Violeta Chamorro y el paralelismo entre Collado y Sandino podría resultar conmovedor y podría resultar (sólo aparentemente) un poco subversivo. Así que detuvo su coche, para acercarse a contemplar la pintada con más tranquilidad y vio que completa decía: "Collado vive aquí", y que estaba pintada en un contenedor de basura y desistió de utilizar la frase en la próxima campaña.
*Papamoscas.- Nombre de pájaro.

179 El buitre leonado en la ONU

En una época lejana que parece que fue ayer a fuerza de tener la valentía de plegarse a los caprichos de los amos del mundo se consiguió que el Estado de la Confederación Ibérica de animales ingresara en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el buitre leonado responsable de la cosa manifestó que en ese selecto foro internacional la Confederación Ibérica sería portaoído de todos los países hermanos de Hispanoamérica o de Latinoamérica (a los que en realidad se les debería llamar países hijos o hijastros desde la madre Patria) y en general de todo el tercer mundo para informarles puntualmente de lo que Estados Unidos quería que cada uno hiciera en general o cualquier momento.

180 Sermones neobarrócos

El padre José Francisco de Isla S.J. cogió una vez un puente en su trabajo celestial y se bajó a dar una vuelta por Cartagena. el Martes Santo de 1993 y vino a aterrizar en el Arsenal cuando salía la procesión de San Pedro y creía que estaba en su época cuando oyó a un predicador que no era otro que el Almirante General de la Zona Marítima del Mediterráneo pedirle en un sermón tres peticiones a San Pedro: una, que, como era portero del cielo, que le abriera cuando llamara al padre del rey, que resulta, por esos líos de la historia, que no fue rey sino conde; dos, algo que no se oyó bien de la crisis industrial de Cartagena; y tres, que, como era trabajador al servicio y sueldo de la marina y le daba permiso para salir de noche del Arsenal, que no llegara tarde, o le castigaría; aunque luego dijo que no, que siendo el día que era no le pondría castigo si cumplía las dos primeras peticiones. Y el pobre jesuita, cuando le oyó, pensaba de qué coño había servido escribir su Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

Suscríbete para recibir las últimas noticias y novedades

Por favor, habilite el javascript para enviar este formulario