Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

161 El conejo y la encíclica

Había una vez un conejo militante obrero cristiano que trabajaba en los albañiles 10 horas, con un encargado perro pachón de los de arre que es tarde; y venía a casa el pobre con el rabo a rastras y con las fuerzas justas para cenar, subirse al catre y quedarse frito; y un día leyó en un papel de los muchos papeles de su organización una cita de la Encíclica Laborem Exercens, que cantaba las excelencias del trabajo humano en tono pastoral y pastoril, y pensaba que, como el Papa era infalible, no se iba a equivocar en todo y que a lo mejor su trabajo (del conejo) no era humano, sino inhumano y muchísimo; y que a lo mejor el trabajo humano era el de los que tenían el trabajo de aprovecharse del trabajo de los demás, y esos eran los que verdaderamente coincidían con el Evangelio de San Juan que decía que "otros han trabajado y vosotros os aprovecháis de su fatiga.

162 La revolución es imposible

Una vez los que vivían como dios hicieron correr entre la gente la voz de que la revolución era; primero, imposible; segundo, si fuera posible, no era necesaria; tercero, suponiendo que fuera necesaria, no era conveniente por el momento; y cuarto, en el caso de que fuera conveniente, los revolucionarios no tenían ni idea de cómo hacer revoluciones, como se veta por la experiencia de todas las conocidas, como la francesa, la mejicana, la rusa, el mayo del 68 y la revolución nicaragüense. Y lograron convencer incluso a bastantes revolucionarios que se fueran a casa a dedicarse a sus cosas; pero quedaron unos pocos que decían que no, que la revolución era; primero, posible, segundo, necesaria; tercero, muy conveniente; y cuarto, que, aunque era cierto que ellos no sabían exactamente cómo había que hacerla, habían aprendido cantidad de cosas sobre cómo no había que hacerla y, entre otras cosas, que no tenían que hacerla ellos, sino casi toda la gente y si no, ni era revolución ni hostias, y en eso estaban.

163 Al final de la noche oscura

Un poco antes de que se hiciera la revolución de los pobres y se cambiaran las reglas de juego, la gente cumplía las reglas que había entonces pero sin mucho entusiasmo, sino sólo para ganar el jornal pelado como si se dieran cuenta de que iban a cambiar o de que eran eso, reglas del juego y así, por ejemplo, los enseñantes enseñaban sólo para cumplir y cateaban poco, los policías detenían algo a gente, pero con amabilidad, sin pegarles ni hacerles sangre ni nada, los funcionarios de prisiones se consideraban tan presos como los penados y los trataban con dulzura, y los penados ya no los llamaban boqueras, los militares ya no hacían guerras ni mataban nada, los reyes reinaban algo pero, poco, los torturadores no torturaban casi nada o sin convicción etc. y únicamente los grandes empresarios seguían empeñados en la partida, como si fueran a pintar oros toda la vida, pero en general, todo el cuerpo social tenía la dulce laxitud del que se despierta en la cama un poco antes de amanecer y se despereza suavemente sabiendo que dentro de poco amanecerá un espléndido día de fiesta en el que no habrá que ir a trabajar sino sólo hacer cada uno lo que más le guste y disfrutar de los amigos y amigas.

164 La fórmula mágica

Había una vez una mujer un poco pava y una pava un poco mujer pero buena gente las dos que deseaban encontrar una fórmula mágica que les sirviera para todos sus deseos secretos, para ganar amigos y sobre todo para escribir mundos de lobitos buenos, príncipes malos, brujas hermosas y piratas honrados y cosas así que podía tener este mundo para ser algo más bonito, que era lo que más le gustaban a las dos y buscaron y buscaron entre las recetas cabalísticas del zonar y del gran libro de San Cipriano y de la bruja Benita y encontraron muchas pero a la hora de la verdad ninguna funcionaba basta que un día leyendo un cuento, porque les gustaban muchísimo los cuentos, encontraron allí la fórmula que había estado escondida para muchos desde casi el principio del mundo y ahora ellas la habían descubierto y no era muy difícil y se veía que funcionaba y la fórmula era había una vez...

165 El niño grande y el zorro

Había una vez un niño grande que le gustaba mucho leer y salir al campo y que un día se hizo amigo de un zorro con el método que el mismo zorro te había dado al Principito de Saint Exupéry (que se podía haber llamado por ejemplo Duval en vez de Saint-Exupéry y sería menos cursi pronunciarlo, pero él no podía hacer nada, porque los apellidos son cosa del padre, del padre del padre etc. y así hasta Adán o cerca) y resultó que el zorro que era viejo era el mismo que había conocido al Principito por la parte de Argelia o Marruecos y se había venido a la Península en una patera y otras muchas cosas que tenía para contar, pero que no contaba, porque cuando se encontraban, siempre y solamente, le repetía: el tiempo que has perdido con tu rosa, es lo que hace que tu rosa sea única en el mundo, y el niño grande le decía, no tengo rosa y el zorro te decía pues por si un día la tienes o te tiene porque eso nunca se sabe del todo.

166 La coneja y las lechugas

También había una vez una joven coneja obrera, que no era ni militante ni cristiana ni atea, sino sólo coneja obrera que no es poca cosa, como se verá, porque trabajaba en las lechugas a las 4 de la mañana se levantaba desde las 600 donde vivía para ir con otros conejos en coche a Fuente Álamo para coger un autobús que iba primero a Alhama de Murcia a recoger más conejas obreras y las llevaba a todas hasta los Montesinos pueblo de Alicante entre Guardamar y Torrevieja y allí enganchaban a las 8 y media para llenar 7 trailers de lechugas hasta las 6 de la tarde a 500 pesetas la hora sin sindicar y a la que no iba el sábado o se le caía una caja del camión la echaban y luego volvía a coger el autobús hasta Fuente Álamo pasando otra vez por Alhama de Murcia y allí otra vez el coche basta las 600 donde llegaba a las 9 y media y se sentaba a cenar y veía al ministro de Trabajo diciendo cosas en la Tele y no se las creía y deseaba que le diera a él un paralís en la lengua y a ella le tocara la lotería o viniera ya la revolución y luego se dormía y al otro día igual.

167 La ladilla y el obispo de Cariñena

Hubo un año en que las ladillas*, aprovechando una oferta de la IBM, hicieron su planificación anual de tareas por ordenador y a una de ellas le tocó que tenía que ir a alojarse en los órganos sexuales del Obispo de Cariñena; y estuvo muy preocupada por el tratamiento que debería darle y hasta se compró el libro del Protocolo de El País Aguilar; y luego, cuando ya se lo aprendió y lo habla ensayado unas cuantas veces hasta dar con el tono de respeto sin perder el matiz de confianza que iba a dar la cercanía, se fue a Cariñena y se encontró con que allí no había Obispo, porque el disquete que les había proporcionado la IBM estaba chungo y por eso era de oferta; y entonces la ladilla pensó que mejor, porque con los Obispos, aunque dicen ellos que son sucesores de los Apóstoles, pues nunca se sabe y ya dice un refrán popular que del superior y del mulo, cuanto mas lejos, mas seguro.

*Ladilla. insecto parecido al piojo, que vive en las vellosidades de cuerpo humano, excepto en la cabellera. Tiene color amarillento.

168 El coloquio de los perros rojos

Hubo una vez un perro rojo de la categoría de los perros rojos ocupados gordos que antes de la reforma política había sido perro rojo normal pero luego se hizo del partido que hiciera falta y llegó a concejal de urbanismo de un pueblo de Alicante y tenía dos supermercados buenos y él y su compañera cobraban todavía el paro y recogían y amontonaban los cuartos como si fueran hierba y fuera a llover esa tarde o no fuera a llover nunca más... Y un día en que le estaba dando los papeles para solicitar una vivienda del Ayuntamiento a otro perro rojo normal no amigo, sino conocido suyo de cuando los dos eran perros rojos normales, aprovechó un poco la ocasión para evangelizarle sus dos últimos descubrimientos que había descubierto y que eran: 1º que el único sistema que había era el capitalista y 2º'que en realidad no había más propiedad que la privada, y el perro rojo normal le miró a los ojos y le dijo que se metiera en el culo los papeles de la vivienda y que él prefería seguir pagando un alquiler.

169 El ciempiés que no tenía cabeza

Hubo una vez un ciempiés que no tenía nada de nada de cabeza y todo se le olvidaba. Al principio no le importaba, porque como la gente decimos que el que no tiene cabeza tiene que tener pies y él tenía cien, pues eso.
Pero resultó que al final de tanto utilizar los pies para remediar los fallos de la cabeza, se le fueron gastando y gastando, hasta que al final se convirtió, como tantas otras cosas de este mundo de opresión, en algo sin pies ni cabeza.

170 El conejo y la teología

El mismo conejo militante obrero cristiano de las fábulas anteriores (que sale tanto en las fábulas porque es muy buen conejo obrero, amigo del Cuervo fabulista y, a pesar de sus muchos defectos, casi santo) pensaba otro día en el trabajo que cómo era posible que llamaran en los libros a los apóstoles, el Colegio Apostólico, cuando, por lo que él sabía, no habían ido al Colegio sino que salían a la pesquera, (como no fuera Mateo que trabajaba en Hacienda y a lo mejor sí); y luego se ponía a suspirar por no haber podido él estudiar algo de teología, aunque fuera de la teología baratita que estudiaban en África; que había oído decir que la hacían (o querían hacerla) no en aulas, sino debajo de un árbol; pero pensaba que eso no era tan fácil en Cartagena, porque con la construcción de la armada invencible, la minería y los incendios forestales accidentales provocados a caso hecho, no había quedado más que algún que otro garrotero tísico, y, si hacían la teología a pleno sol, como se echaba el hormigón, pues mucha gente no iba a resistirlo.

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