Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

141 El conejo y el anuncio de Cristo crucificado

El conejo militante cristiano de la fábula 132 hizo en casa su discernimiento cristiano, y, como había sido educado en la pedagogía de la repetición, le salió que tenía que seguir anunciando a Cristo crucificado a su amigo el conejo ateo receptivo y cuando lo hizo, el conejo ateo, después de escucharle y quedarse pensando un rato, le dijo que algunas veces le parecía a él que los cristianos anunciaban a Cristo crucificado tan a voleo y tan sin saber, que lo anunciaban incluso a otros cristos a los que iban a crucificar, como le había pasado a su propio padre que, por ser rojo estaba en la cárcel condenado a muerte y la misma mañana en que lo iban a fusilar (que es crucificar pero a estilo moderno) había venido un cura a eso, a anunciarte a Cristo crucificado, que además lo llevaba en la mano para que lo besara, y a los que lo iban a fusilar les decían cruzados (que a lo mejor quería decir partidarios de la cruz para el prójimo); y lo de cruzados se lo decía no una gente cualquiera, sino nada menos que todos los Obispos (menos 2 ó 3) en una Carta Pastoral del año 1937. Y añadía que aunque había gente que decía que lo de los obispos de 1937 había que olvidarlo porque daba mucha tristeza y rabia recordarlo, a él le parecía que no se podía y no se debla olvidar nunca, no lo fueran a repetir cualquier día; y que, en el caso de su padre, el anuncio de Cristo crucificado, más que necedad, como dicen que decía San Pablo, había sido mala leche.

142 La carta del tercer mundo

Hubo una vez en que todos los militantes revolucionarios de los países centrales se esforzaron en ayudar a las revoluciones del tercer mundo hasta que no quedó ni una por entonces. Años después, a una de las organizaciones cooperantes llegó una carta, un poco retrasada por los defectos defuncionamiento del correo en el tercer mundo (y ahora también el rimero) que daba las ígracias por todas las ayudas y añadía: No obstante, compañeros, necesitamos que hagan Vds. la revolución ahí y si no toda de una vez, por lo menos algo y no nos ayuden tanto a hacerla nosotros solos, porque nos va pareciendo que como no la hagamos toditos un poco a la vez, esto no marcha.

143 La Europa cristiana

Muchos años después de que los gobiernos de los empresarios de parte de Europa alcanzaran los acuerdos de Maastricht, algunas comunidades de gorgojos cristianos de esos países empe- zaron también a coordinarse entre sí y analizando brevemente la historia de Europa desde un poco antes de Carlomagno, y, aunque tuvieron en cuenta la grandísima devoción que había a la Virgen del Pilar, Chestokova, Lourdes, Fátima e incluso a la Virgen de la Caridad de Cartagena, llegaron a la conclusión de que, suponiendo que hubiera que cristianizar a Europa, lo primero que había que hacer era descristianizarla, porque estaba mal cristianizada y para acordarse redactaron en coman un trabalenguas, cuya versión castellana decía así:
Europa está mal cristianizada;
¿quién la desmalcristianizará?
El desmalcristianizador que la desmalcristianice buen desmalcristianizador será.

144 Setente veces siete veces por ejemplo

Había una vez una organización de conejos militantes obreros cristianos aficionada a la pedagogía de la repetición (pedagogía que tiene la ventaja de que la gente nos aprendamos las cosas de memoria y luego nos suenan y hasta nos parece que dicen lo que nosotros queremos decir); pero la lástima fue que las formulaciones de la organización habían cristalizado no en la cresta de la ola de los años 70 cuando la gente quería ser cristiano revolucionario, sino en los 80, o sea, en el advenimiento de la resignación democrática y la restauración cristiana-católica, y así repetían sin parar en todos los folios de todos sus documentos, que eran muchos, que su misión era evangelizar al mundo obrero, unas 70 veces 7 veces por ejemplo; y luego es justo reconocer que algunos en la práctica evangelizaban un poco, pero, en general, no mucho.

145 Los simpatizantes y los adheridos

Hubo una vez una organización de Conejos Militantes obreros cristianos que en su preocupación pastoral por conseguir nuevos militantes (cosa que ellos llamaban un poco esotéricamente iniciación) llegó a distinguir dos categorías previas: los simpatizantes y los adheridos, definiendo en sus muchos papeles a los simpatizantes como los que simpatizaban y a los adheridos como los que se adherían; e incluso facilitaba a los militantes un pegamento sintético para adherirse los adheridos sin miedo a que se desadhirieran y cada uno llevaba 2 o 3 adheridos por término medio, lo que era muy consolador, pero causaba algún problema a la hora de acostarse, porque si el militante dejaba a los adheridos colgados de la percha con la ropa, era una falta de consideración; y si se los metía con él en la cama, no dormía bien ninguno y luego se resentía el trabajo de los garbanzos y el trabajo militante y los militantes y sus adheridos iban por ahí como zombis; y por eso al final la organización facilitó un disolvente para desadherirse los adheridos, que pasaron a la zínica categoría de simpatizantes sin más, aunque algunos a los que quedaron restos de pegamento se convirtieron un poco en antipatizantes.

146 El seguimiento del seguimiento

Hubo una vez un conejo militante obrero, pero no cristiano, sino ateo, que le dio por hacer un seguimiento del seguimiento que los seguidores de Jesús hacían de él, o sea de Jesús, (no del conejo ateo); y le parecía que muchos, con el seguimiento que seguían, no iban detrás de él ni por el camino que él fue, sino que, aunque llevaran los obispos delante, iban por los cerros de Übeda, o cerca y que pudiera llegar el caso de que, siguiéndole así, algún día se toparan con él de frente y no lo conocieran y se lo cargaran otra vez porque les estorbaba un poco el paso en su seguimiento.

147 La conciencia revolucionaria

Se corrió la voz de que un galápago normal era muy revolucionario y la policía lo tenia fichado como más rojo que un pimiento morrón pero el galápago que tenía bastantes conchas sabía que no era cierto, y que si sus ideas eran regulares, sus palabras eran inapropiadas y sus hechos totalmente deficientes y que si acaso era revolucionario lo era en un 3 ó en un 5 por ciento como mucho y el 97 o el 95 por ciento restante era más capitalista que Rockefeller, porque por ejemplo sabia que el trabajo humano nunca se puede pagar a su justo precio y sin embargo cobraba un sueldo modesto sin rechistar y luego iba a comprar a Continente y en vez de destrozar las estanterías por ser una multinacional y no cerrar los días de huelga general, pues compraba algunas cosas ni las mejores ni las peores y luego las pagaba en caja y volvía a poner el carrillo en su sitio para recoger los veinte duros y aunque iba a casi todas las manifestaciones que se manifestaran fuera de sus horas de trabajo pues ni asaltaba Bancos, ni ponía bombas en Capitanía ni en el Palacio de justicia, ni en el INEM ni nada. Es verdad que de vez en cuando deseaba que su conciencia revolucionaria aumentara al menos como el IPC y que su conciencia capitalista disminuyera como el poder adquisitivo de los salarios, pero se daba cuenta de que no era la solución, porque la conciencia revolucionaria era como la riqueza, que no debía concentrarse en pocas manos sino repartirse y ese era el problema porque si toda la gente tuviera por lo menos el 1 % de conciencia revolucionaria se iba a empezar a armar la de San Quintín.

148 El conejo, Pablo y el evangelio

Un conejo militante obrero cristiano se tropezó con unas frases de San Pablo en la carta a los Gálatas en las que parece que dice que su evangelio es el evangelio de Jesús (al que él llama ya Cristo). Y, después de estar un rato pensando, se le ocurrió que el evangelio de Pablo podía ser el evangelio de Jesús, pero el evangelio de Jesús no era el evangelio de Pablo, sino sólo el evangelio de la cercanía del reinado de Dios, lo que puede parecer lo mismo, pero no es igual ni muchísimo menos, Y como Pablo había dicho que el que dijera que había otro evangelio distinto del suyo, que se fuera a la mierda (que eso es lo que significa en lenguaje no religioso ser anatema); no iba a haberlo dicho por el misrno Jesús, a quien tanto quería a su manera, sino tal vez porque cuando escribió la carta a los Gálatas estaba de un humor fatal, y probablemente en eso de su evangelio y en algunas otras cosas que había dicho sobre las mujeres, no llevaba del todo la razón.

149 San Antonio y los pajarracos

San Antonio, después de hacer de niño el conocido milagro de los pajaritos, se hizo cura obrero y trabajó muchos años en una droguería, y, como era bondadoso y sencillo, a pesar de la esmerada educación que recibió en el Seminario para lo contrario, pues lo hicieron delegado sindical y tuvo que ir a negociar el convenio colectivo del Comercio frente a una bandada de pajarracos grandes y pequeños, pero todos con el pico doblado en gancho; y, aunque rezó para que se volviera a repetir el milagro de su infancia, como no había mucho apoyo de las bases currantes, pues tuvo que firmar el convenio por dos años y sólo con un 3 '5 % de aumento y, aunque sabía que habían conseguido una puñetera mierda, todavía, cuando se acordaba de los picos y garras de los pajarracos, pensaba que, seguramente, había sido, también, un milagro.

150 El pleito de la patente

En la cresta de la ola de la restauración eclesiocéntrica del Papa Woltyla, la Conferencia Epíscopal Española presentó una demanda judicial contra el ilustre Colegio Oficial de Licenciados y Doctores en Psicología por competencia desleal y usurpación de patente, aduciendo que las sesiones de psicoanálisis eran un plagio descarado del Sacramento de la confesión y que al sustituir el confesionario por el diván y el cepillo de limosna voluntaria por la factura abultada obligatoria, los consumidores habían salido perdiendo.
El pleito duró muchos años con los sucesivos recursos de las partes (pues ambos tenían suficiente dinero para pleitear) y llegó hasta el Tribunal de La Haya, donde al final no hubo falto, sino arreglo y algunos psicólogos del Opus se ordenaron de curas y algunos curas se hicieron licenciados y doctores en Psicología; y de hecho pervivieron sofás y confesionarios hasta que empezó a hacerse la revolución y la gente fue mds feliz y ya no tenían casi necesidad de confesarse ni de psicoanalizarse y si tenían algo que abocar, lo hacían con una amiga o un amigo, como han hecho toda la vida de dios los pobres, que siempre han ido tan escasos de fe en los curas y de dinero.