Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada.

81 Los corderos insumisos

Hubo una vez en el rebaño un hermoso grupete de corderos insumisos a los que no les atraía nada, lo mismo que a los demás corderos, liarse a hostias con los corderos de otros rebaños, sólo que ellos lo decían y por eso fueron bastante perseguidos por los carneros jueces militares primero, y por los carneros jueces civiles después, e iban a la cárcel y hacían huelgas de hambre y las ovejas madres los fueron entendiendo un poco y ya no les parecía tan mal como al principio que se metieran en líos de conciencia, y, aunque crecieron bastante, nunca se convirtieron en borregos, sino que siguieron siendo, con sus dificultades normales por supuesto, corderos insumisos hasta el final

82 Las avispas militares y la amnistía total

En un lejano país de laboriosas abejas, después de muchos años de guerra sucia, las avispas militares que controlaban el cotarro dictatorialmente y habían asesinado a dios y a su madre y a varios tíos y primos de dios, decidieron seguir controlando el cotarro cristiana y democráticamente y para ello decretaron una amnistía general por la que absolvían al pueblo de todos los asesinatos y torturas que le habían hecho ellos, de modo que, a partir de entonces, borrón y cuenta nueva; y todos los países democráticos aplaudieron tan magnánima medida que ponía automáticamente a cero los contadores de muertos y torturados y facilitaba sobremanera la posterior contabilidad de las organizaciones populares de derechos humanos.

83 El hombre y la calidad de vida

Había una vez un hombre que cayó un día en la cuenta de que según mejoraba su calidad de vida, empeoraba su calidad de pensamiento. Porque de joven, con una calidad de vida pongamos de tres, tenía pensamientos mentales revolucionarios y progresistas; pero en la actualidad, con calidad de vida pongamos de siete, sus pensamientos eran conservantes y estabilizantes, y no le gustaba, y, aunque su mujer le decía que eso era fruto de la edad, no se lo creía.

84 El ratón y los primeros concilios

Un ratón historiador eclesiástico, aficionado o especialista, según se mire, a la historia de los primeros concilios, se admiraba del tiempo y el dinero que habían gastado los padres con- ciliares en estrujarse el coco para distinguir y definir entre palabras tan complicadas como antropotokos, zeotokos y cristotokos (que parecen todas nombres de bacterias o virus infecciosos y están pidiendo a gritos un antibiótico); y casi no se hablan preocupado nada por saber, por ejemplo, si los esclavos del Imperio estaban a gusto siendo esclavos, como les habla recomendado Pablo hacía ya más de doscientos años. Y así lógicamente los credos se iban llenando de contenidos y conceptos cada vez más largos y filosóficos, buenos para desarrollar la memoria de los fieles; pero el reinado de Dios no avanzaba ni chufa; y no era extraño que, con el tiempo, se hubiera ido dejando para el día de San Novendrá, como diría años más tarde otro santo padre que se llamaba Bertolt Brecht.

85 El arte y la realidad

Antes de que fuera totalmente olvidado, un cuervo fabulista llegó a adquirir una cierta popularidad y, con ocasión de Feria del Libro, lo invitaban a algunas entrevistas breves por radio; y cuando le preguntaban quién superaba a quién, el arte o la realidad, se marcaba unos rollos tremendos a favor de segunda como había hecho siempre, rollos tan prolongados que se pueden resumir aquí; para acabar diciendo que la realidad era mucho más hiperrealista que, por ejemplo, Antonio López; y que, en el caso suyo de la fabulación, la realidad, incluso circundante, era infinitamente más fabulosa.

86 El filósofo que filosofaba

Había una vez un erudito cartagenero dedicado a la filosofía que se iba a filosofar a las orillas del mar y le salía la escuela de Mileto, primero Tales y Anaximandro, o sea el agua y lo indefinido, y a media mañana Anaximenes, o sea el aire, y ya con la tranquilidad de la tarde, le salía Parménides, o sea uno y todo. Como tenía inclinaciones dialécticas y quería llegar por lo menos hasta Heráclito, comprendió que necesitaba filosofar a orillas de un río, pero, como aquí no hay, se sentó a la orilla de una rambla a esperar a que lloviera. Aquí no llueve nunca, pero cuando llovió, pues subió de golpe la rambla y arrambló con el filósofo y sus conclusiones filosofales hasta Orán donde sólo se pudieron recoger algunos fragmentos de él y de sus conclusiones, como parece ser el destino inexorable de la filosofía de Heráctito.

87 El cerdo y el monopolio de la violencia

Hubo una vez un cerdo que, después de haber sido electricista, consiguió durante algunos años el monopolio de la violencia normal sobre los ciudadanos, en relativa conexión y dependencia con el monopolio de la violencia anormal que siguió perteneciendo a la cúpula de avispas militares; y un día se le ocurrió, o le ocurrieron, una ley que llevaría su nombre, al amparo de la cual los maderos podían echar abajo las puertas a patadas y que, según él mismo, al cabo del primer año, sólo se había utilizado erróneamente en el 30% de los casos, por lo que estaba muy satisfecho; y años más tarde, cuando fue sustituido en el cargo y estaba un día tan tranquilo en su casa arreglando un enchufe, unos maderos te tiraron la puerta abajo y, al disparar al aire para intimidar, una bala le dio entre las cejas que las tenía muy espesas; y la lástima fue que su caso fue uno de los casos erróneos de aplicación de la ley, y eso que ese año habían bajado al 29%.

88 El dromedario que devoraba libros

Había una vez un dromedario joven al que, después de acabar sus estudios de economía, le dio por devorar y almacenar libros de las más selectas especialidades como emblemático, iconología normal y simbólica, teología escolástica, poesía vanguardista, clásicos de la baja latinidad y otras, entre los cuales libros no se encontraba por desgracia ninguno con unas ligeras nociones de resistencia de materiales, y como la cultura en sí misma no pesa, pero en su expresión escrita sí, y si no, que se lo pregunten a su madre paciente que le acarreaba los libros jadeando con maternal cuidado desde la librería, pues un buen día se le hundió el suelo del almacén de libros que él llamaba su biblioteca, y casi' todos los libros se pudieron recuperar, pero a él no.

89 Reflexiones del tiempo

En una entrevista concedida a una lombriz periodista muy larga, el tiempo agradeció la riqueza de matices que a su concepto de él habían aportado recientemente el paro y, un poco antes, la forma capitalista de organizar el tinglado y también, pero menos por ahora, la necesidad de la revolución. Aprovechó la ocasión para criticar suavemente a Goya que lo había pintado devorando a sus hijos. Después, a partir del dogma de the time is money (el tiempo es oro, o literalmente, el tiempo son pelas) señaló dialécticamente que los parados tenían una montonera de time, pero prácticamente ningún money, y que, a la viceversa los que tenían mucho money casi no tenían nada de time, exceptuadas las altas cumbres, excepción que confirmaba la regla de que el time era money. Según él, para que el time fuera money, había que ir a venderlo al mercado y allí daban cada vez menos money por cada vez más time; y fuera del mercado, el tíme a mucha gente no le servía ni para limpiarse el tercer ojo de Lobsang Rampa (en Cartagena, el ojo moreno). Para acabar, añadió que la necesidad de la revolución había influido sobre todo en la grandeza, pues ya había gente que conjugaba los tiempos de los verbos de otra manera, suprimiendo el pretérito perfecto que nunca existió sino como imperfecto. También, y procurando que el futuro no siguiera siendo imperfecto, sino lo más perfecto posible, como el paraíso terrenal, que, por cierto, no debía estar en el Génesis, sino detrás del Apocalipsis.

90 El perro y el progreso

Un cuervo fabulista trabó una relativa amistad con un perro callejero y, cuando entraba o salía de casa, el cuervo silbaba y el perro venía meneando la cola y se dejaba acariciar y a veces se sentaban los dos en la acera y charlaban de esto y de lo otro. Y un día le comentó el perro que, aunque él no se consideraba postmoderno, le parecía a él que el progreso no avanzaba linealmente, sino, por asi decirlo, a saltos como de canguro y que parecía que, antes de dar un nuevo salto, se echaba un poco para atrás, y que, por ejemplo, la moda del pedigrí de los perros era retroceder un poco al feudalismo con sus cartas de hidalguía y toda la hostia; y, como las nuevas técnicas ganaderas habían mandado al paro a tantos perros de los pueblos, y muchos no habían querido pasar al sector servicios como animales de compañía o vigilantes jurados en las ciudades, pues había resurgido el bandolerismo agrario a nivel perruno, y andaban los pobres por ahí en manadas asilvestradas estudiándose manuales de lobo, lo que quedaba muy ecológico para turistas, pero casi no daba para comer por la competencia de las grandes empresas depredadoras que no habían dejado nada en ningún sitio del campo, a no ser plásticos varios.

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