Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

51 La cabra y la canción

Había una vez una cabra que se cabreaba mucho cuando escuchaba la canción La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió, etc.
Pero su cabreo llegó al límite cuando escuchó, en una de las manifestaciones que tuvieron lugar durante la crisis industrial de Cartagena de los años 92-93, una variante que decía La Concha, la Concha, la puta de la Concha, la madre que la parió., no queremos a la Concha, no queremos a la Concha, queremos su dimisión.
Y en una carta al diario La Verdad, decía que pasaba por alto lo de puta, porque al fin y al cabo eran obreras y con su sudor se lo ganaban y lo del reino de los cielos de San Mateo, etc.; pero compararla a ella, que siempre había tenido una leche excelente, con la Delegada del Gobierno en la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia era un insulto de lo más grosero, y que hasta allí habíamos llegado y que tenía la intención de interponer una querella ante la Sociedad Protectora de Animales contra las multinacionales responsables de la crisis y subsidiariamente contra la Concha por ser vos quien sois.

52 Las preposiciones y el Copyright

En un tiempo en que se consideraba que lo más progre era vender todo lo público a las multinacionales y encima pagárselo, una multinacional de medios de comunicación, gracias a una subvención del Gobierno, logró comprar el Copyright de todas las preposiciones del idioma castellano, a saber, a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, basta, para, por, según, sin, so, sobre y tras. Entonces si uno quería usar una preposición, necesitaba cuantiosos gastos y papeles para conseguir el permiso por escrito de los propietarios del Copyright, con lo que aumentó mucho el PIB del sector servicios, pero la literatura se redujo casi a cero. Es cierto que en una escuela infantil un niño inventó una correspondencia biunívoca entre números y preposiciones y con eso se fueron arreglando un poco, aunque las novelas parecían hojas salidas de un ordenador averiado, tal que así: Yo me fui 1 Madrid 8 Barcelona 5 mi tía. Al fin, otro Gobierno llevó el caso al Tribunal de la Haya y se consiguió rescatar y hacer de nuevo público el uso de las preposiciones, mediante una considerable indemnización a la multinacional que no necesitaba para nada las preposiciones, sino que solamente pretendía ganar dinero, como todo el mundo sabemos y olvidamos.

53 El pequeño inquisidor

Hubo una vez un pequeño inquisidor que, durante la Exposición Universal de Sevilla de 1992, vio a Jesús de Nazaret andando por la calle en un vídeo grabado por los servicios de seguridad; y se le pasó por la cabeza detenerlo, interrogarlo y condenarlo a muerte, como ha sido siempre el deber de todos los inquisidores, pero no lo hizo, porque resultó que hacía mucho calor y, aunque no temía el revuelo de la gente, porque Felipe González y el Partido Socialista habían dejado a los Sevillanos más suaves que un guante, y además aquella tarde televisaban un partido, no se quiso meter en tíos, no fuera a ser que, después de su muerte se desatara un movimiento antiimperialista y vinieran los americanos y no dejaran en Sevilla piedra sobre piedra.

54 La paloma y las instituciones

Hubo una vez en Cartagena una paloma anarquista que, siguiendo su tendencia natural, se cagaba con delicadeza y orden en las instituciones. Y así los lunes se cagaba en Capitanía; los martes, en el Gobierno Militar; los miércoles, en el Cuartel de la Guardia Civil; los jueves, en Comisaria; los viernes, en la Asamblea Regional; y los sábados, aunque sólo por la mañana, en el Ayuntamiento Nuevo. Como era una paloma delicada, procuraba no salpicar a ninguna persona humana, aunque estuviera conectada a las instituciones. Sólo que un viernes que andaba un poco suelta se le fue el tiro y te cagó en un ojo al Presidente del Gobierno Regional que en aquel momento se estaba limpiando las gafas, y le pasó lo mismo que al padre de Tobías, que se quedó ciego, y como no encontraron a ningún arcángel ni pez para curarlo, lo tuvieron que llevar a Barcelona a la clínica Barraquer.

55 El perro pobre

Había una vez un perro callejero blanco y negro tan pobre que todos pensaban que era drogadicto, y eso le molestaba mucho, porque decía que la única adicción que tenía era a comer cada día o cada dos días, y que a otros perros drogadictos, como eran ricos, la gente no les decía nada, y eso que también eran, al menos una vez a la semana, perros callejeros de la calle de la Macarena, donde venían a comprar droga en unos cochazos o motos imponentes, y que vaya una mierda que hasta entre los perros hubiera diferencias de clase.

56 La máquina de la felicidad

Una vez un mono sabio inventó una máquina de la felicidad y, para que los pobres pudieran usarla, funcionaba con botones de la camisa en vez de con monedas. Naturalmente y casi de inmediato los botones de las camisas fueron sustituidos por cremalleras de naylon y las máquinas todas fueron a parar a manos de los ricos; pero, como no estaban preparados para soportar los efectos de la felicidad y, al ser felices un poco, descuidaban sus deberes de explotar y especular, el sistema en su conjunto se empezó a tambalear y el Gobierno, oficiando de Consejo de Administración de todos los ricos, se vio obligado a destruir todas las máquinas.

57 La mano maestra y otras manos

Hubo una vez una mano maestra que respetaba y se consideraba absolutamente igual a las manos tontas y a las manos alumnas; porque recordaba que ella había sido también al principio tonta y luego, alumna; porque nadie sale enseñado, como se ve por los niños que sólo saben decir ba, ajo y papá; y las manos alumnas lo eran temporalmente hasta que se amaestraran; y las manos que quedaban tontas era de resultas de accidentes mal operados en el Rosell o de las deficiencias del sistema educativo, de las que no eran en absoluto responsables.

58 El pavo cardenal y la libertad de enseñanza

Un hermoso pavo, aprovechándose de unos aleteos progresistas que dio en los lejanos tiempos del Concilio Vaticano II, ascendió al cardenalato y llegó a ser presidente de la Santa Inquisición, que había modernizado su nombre en Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Madre Iglesia Católica Pavana; e, inspirado por unos vientos regresistas que soplaban con fuerza de Polonia, definió un día la auténtica libertad de enseñanza como la libertad que tenían todos los ateos para enseñar la religión católica, siempre que utilizaran el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica Pavana de reciente publicación.

59 El hormigón armado

Hubo una vez una hormiga grande que, impulsada a partes iguales por el azote del paro juvenil y por los telefilmes americanos de maderos nobles, ingresó en la Policía Nacional y todos en el barrio, además de mono, madero y azulón, le llamaban el hormigón armado. Este hormigón, al cabo de unos años de reprimir manifestaciones de obreros injustamente despedidos y/o estafados y de detener a delincuentes menores que robaban para comer o para pincharse, que casi es lo mismo, deseaba detener a un gran delincuente; y, al final, lo detuvo; pero, como era un delincuente grande muy grande, pudo más la grandeza que la delincuencia, y el que acabó en la cárcel fue el hormigón.

60 El cárabo filósofo

Un cárabo filósofo, especialista en Gramsci, pero bondadoso y atractivo, decidido a mejorar el mundo, ingresó en un partido que se llamaba socialista y llegó a ser vicepresidente de un Parlamentico de esos de las autonomías. Pero quizás de resultas del referéndum de la OTAN, o por algún otro motivo, como cobrar dos sueldos, o que su compañera le pidió el divorcio, o algo, un día te estallaron dentro todas las contradicciones de Gramsci y, en resonancia con ellas, las de Julián Besteiro, Jaime Vera (que fue el primer marxista español), las de Marx, y algunas de Hegel e incluso de Platón; de resultas de lo cual, se te reblandeció la sesera y se meaba en público en los pantalones y daba mucha pena. Después de las ensaladas de pastillas que le atizaron en el frenopático, mejoró algo y hasta aleteaba de vez en cuando, aunque un poco escorado, pero se consolaba pensando que todo lo que había pasado era parte del tributo que el pueblo teníamos que pagar para que se afianzara la democracia y las multinacionales nos pudieran sacar el jugó con los fondos públicos con toda libertad.