Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

31 El colorín simpático

Había una vez un colorín muy simpático que deseaba ser guarda forestal, pero no encontraba tiempo ni dinero para preparar las oposiciones. Aunque asistía a todas las manifas contra la guerra tocando flautas y caracoles y a las marchas a Tentegorra y se sabía de memoria el romance del Conde Sisebuto, la necesidad de ganarse los cañamones le forzó a preparar unas oposiciones a funcionario de prisiones como base económica para realizar su sueño de ser guardia forestal y ganarse la vida en los bosques. Sin embargo, un lunes ingresó en el Rosell por un bulto en un testículo, y era un cáncer, y se murió a los pocos días. Sus amigos colorines lo sintieron mucho y lloraron, pero, en medio de las lágrimas, pensaban que quizás era mejor así, porque hubiera sido muy triste ver a un colorín tan simpático como é trabajando para que otros pajarillos o pajarracos vivieran contentos dentro de una jaula.

32 La abeja obrera

Una abeja obrera parada de larga duración convocó una rueda de prensa en el INEM de Cartagena para declarar solemnemente que renunciaba a su derecho constitucional al trabajo, porque estaba hasta los ovarios, primero, de que te sacaran el pringue durante muchos años, y segundo, de que no se lo quisieran sacar ahora; y que cedía en usufructo ese derecho a los especuladores zánganos de la ciudad que no lo habían ejercido nunca. Como era verano y no había muchas noticias, acudieron casi todos los medios a la rueda de prensa y la noticia salió en primera plana, aunque no tuvo mucho impacto entre la gente, porque, como en Cartagena confundimos derecho como obligación, la gente interpretó que renunciaba a trabajar y ponían mala cara en público, por respeto a la ideología dominante, pero buena cara en privado, porque pensaban que eran los zánganos especuladores los que tenían el derecho, o sea, la obligación de trabajar, aunque iba a ser difícil, muy difícil que la cumplieran, porque por algo se llamaban zánganos.

33 El León que comía paja

Hubo una vez un león que se hizo vegetariano y se puso a comer paja como un buey. Inmediatamente lo detuvo la policía como terrorista y fue juzgado en la Audiencia Nacional. En el alegato del fiscal se señalaba que esa práctica antinatural de comer paja atentaba contra la seguridad del Estado, ya que estaba claro en el profeta Isaías que era una señal de los tiempos mesiánicos, y que menudo follón se iba a armar, y que sólo faltaba que el lobo y el cordero pacieran juntos y que los niños metieran la mano sin miedo en el agujero del áspid.

34 El mochuelo y las reuniones

Había una vez un mochuelo militante que siempre encontraba disculpas plausibles para no asistir a las reuniones a las que tenía obligación (relativa) de asistir y, sin llegar a las excusas gordas de la parábola de los invitados a la cena de la revolución del evangelio, como acabar de casarse, comprar una finca, o un par de bueyes, etc., siempre encontraba algún entierro o velatorio, alguna otra reunión más urgente (a la que tampoco iba), alguna gripe propia o familiar, alguna inclemencia meteorológica, etc. Así consiguió finalmente su ideal de pasar olímpicamente de reuniones y vivió feliz tres años sin asistir a ninguna, pero después le empezó a pasar lo contrario, que siempre encontraba excusas para asistir a las reuniones a las que ya no tenía obligación (ninguna) de asistir

35 El funcionario que no funcionaba

Hubo una vez en uno de los misteriosos organismos de la Administración del Estado un funcionario que, a pesar del principio de Peter, aún no había ascendido hasta su nivel de incompetencia, y, aun así, no funcionaba nada, pero no por vagancia, sino porque era anarquista consecuente desde pequeñito y, como estaba convencido de que todos los organismos y mecanismos institucionales eran funestos, los boicoteaba totalmente, excepto en el acto, también institucional, de cobrar su sueldo, porque decía que lo necesitaba para comer él y su familia, y en eso también tenía bastante razón.

36 La torda inquieta

Un tordo inquieto hembra, o sea, una torda inquieta, ingresó en una organización militante cristiana para liberar a los pobres, hacer desaparecer a los ricos, traer la revolución o implantar de una puñetera vez el reinado de Dios, según se mire, que no es lo mismo, pero casi es igual. Con el pasar de los años, y el tardar de la revolución, y el haber cada vez más pobres más pobres y menos ricos más ricos, le entró un desánimo natural; sobre todo porque veía que las tordas y tordos militantes cristianos no hacían más que reunirse en equipos para preparar asambleas que originaban nuevas reuniones de equipos, comisiones, secciones, áreas, sectores y segmentos, con un considerable despilfarro de tiempo y una montonera de papeles perfectamente inútiles, a su juicio, para liberar a los pobres, hacer desaparecer a los ricos, traer la revolución o implantar de una puñetera vez el reinado de Dios, que no era exactamente lo mismo, pero casi era igual. Y así, varias veces estuvo a punto de abandonar la organización, pero no lo hizo; porque pensaba que dónde iba a ir, que en otras organizaciones pasaba tres cuartos de lo mismo y no conocía tanto a la gente, y que la revolución, si venía, iba a ser por los que tenían mucha necesidad de ella; y eso, al lado de, al margen de, o incluso, en contra de algunas organizaciones militantes, cuya razón de ser era traerla, pero que ya se habían olvidado un poco, o no se les notaba mucho que lo sabían.

37 El militante cristiano y los pobres

Hubo una vez un militante cristiano que utilizaba todo el evangelio de San Mateo y le gustaba mucho la primera bienaventuranza, la de los pobres de espíritu, que, debido al desgaste natural de las palabras, la nueva traducción castellana, aprobada para las celebraciones litúrgicas por la Conferencia Episcopal Española, formulaba así, dichosos los que eligen ser pobres, porque éstos tienen a Dios por Rey. Como no se atrevía del todo a elegir ser pobre, se contentó con una cosa que se había puesto por entonces de moda que fue hacer una opción preferencial por los pobres, y, cada vez que se encontraba con algún pobre, se lo decía, y se extrañaba mucho de que el pobre no se lo agradeciera nada y le contestara que él (el pobre) tenía opción preferencial por los ricos y que no le interesaba nada tener a Dios por Rey, sino más bien se cagaba en él, en la virgen, en la hostia y en el copón bendito. El militante cristiano, que era comprensivo, pensó que eso lo decía el pobre porque no había elegido ser pobre, y por eso se acercó a los conventos y monasterios donde debían estar los que sí habían elegido ser pobres; pero se encontró que, aunque individualmente habían elegido ser pobres, colectiva- mente eran casi tan ricos como el rey Hassan II de Marruecos; y, desde entonces, prefirió las formulaciones del evangelio de San Lucas que sólo decía: felices los pobres; y traducía la segunda parte, para su uso personal, algo así como: porque necesitan que cambie ya el rollo este de película, que es además probablemente lo que Dios quiere.

38 El hombre que no decía una palabra más alta que otra

Había una vez un hombre que no decía una palabra más alta que otra porque estaba convencido de que palabra y piedra suelta no tienen vuelta. Así sus discursos y conversaciones parecían trazados a cordel y rezumaban una belleza que la gente hemos dado en llamar, quizás no muy exactamente, clásica o apolínea; aunque a la larga resultaba un poco monótono hablar con él, porque parecía que uno estaba hablando con un ordenador o con un tartamudo que acabara de salir de un cursillo de reeducación logopédica; y, por otro lado, pensaba y pensaba tanto las palabras antes de soltarías que, con mucha frecuencia, además de no tener vuelta, tampoco tenían ida, porque su interlocutor o el público, en el caso de una conferencia, se habían marchado ya.

39 El gorrión que quería analizar desde su identidad cristiana

Un gorrión militante cristiano, mosqueado por las críticas de que sus análisis sociológicos se parecían a los análisis marxistas, deseaba fervientemente analizar desde su identidad cristiana; y así, fue al supermercado de las identidades y compró una docena de microscopios, telescopios y tubos de ensayo con garantía de origen de identidad cristiana que estaban de oferta; pero resultó que en el Consejo Regulador de la Denominación de Origen tenían mayoría absoluta la Democracia Cristiana y la Obra de Dios, y los instrumentos estaban fabricados con una óptica cristiana, sí, pero conservadora y restauradora y, al mirar a su través, la foto del Papa, las imágenes en color de las vírgenes de Chestokova y Fátima y los párrafos selectos de la encíclica Centesimus Annus no dejaban ver casi nada al trasluz de la opresión que uno tenía delante de las narices, o, a lo más, la punta de las ramas, pero nada de nada de las raíces.

40 Los saltamontes y la constitución.

Una nación de saltamontes constituida en estado moderno desde siempre, es decir, unos 150 años, decidió después de un proceso de acumulación de fuerzas Populares empujar un poco la historia hacia adelante (en contra de la opinión del japonés asesor de Reagan para el cual la historia se ha acabado ya), y redactar una nueva constitución con un sólo artículo que impedía regular por ley ninguno de los derechos de los pobres recogidos en las anteriores constituciones; porque, en efecto, las constituciones los reconocían pero, cuando las leyes regulaban esos derechos, los dejaban torcidos y en los huesos, y luego los reglamentos los trituraban hasta dejarlos como las pastillas del avecrem, que sólo valían para sopicaldos de aguachirle, como había pasado la última vez con el derecho de huelga que, según el último reglamento, se permitía los días 29 de febrero que cayeran en miércoles y con un preaviso de cinco lustros.