Fábulas del entretiempo, Mariano González Mangada

21 Los pollitos y la geografía

Los pollitos de una escuela elemental tenían grandes dificultades para hacerse una idea de la geografía universal, porque resultaba que había al principio un primer mundo y un segundo mundo al lado; luego, apareció un tercer mundo que vivía más lejos; y luego, había gente dentro del primer mundo que vivía como si .estuviera en el tercero y se llamaban el cuarto; y además sucedió que el segundo mundo se fue desmoronando y, aunque quería pasarse al primer mundo, iba resbalando hacia el tercero, pero nadie podía olvidar que había sido el segundo. Por eso, los pollitos se hicieron todos revolucionarios Internacionalistas, no sólo para que todos los hombres fueran igual de felices, sino sobre todo para simplificar el estudio de la geografía.

22 El hombre feliz

Había una vez un hombre que, a lo mejor porque siempre deseó muchas cosas para todo el mundo, aprendió a desear pocas cosas para sí mismo y, aunque mucha gente lo tenía por tonto, llegó a tener casi todo lo que deseaba y se murió casi feliz.

23 La guerra de las televisiones

En un lejano país se desató hace tiempo una furiosa guerra entre las cadenas de televisión para captar espectadores; y sucedió que una de ellas, no se sabe si privada o pública porque para entonces ya se diferenciaban muy poco, consiguió la máxima audiencia precisamente en el momento en que no tenía absolutamente nada que decir.

24 La lombriz que quería tener experiencias místicas

Una lombriz de tierra, después de leer el "Libro del recto camino" de Lao Tse, deseaba tener experiencias místicas y ver el aura de las personas; y así se levantaba temprano y se ponía a mirar el sol de frente con los ojos entornados y, aunque hacia el mediodía tenía experiencias como de sequedad espiritual y corporal, luego veía estrellitas y círculos, polígonos y hasta poliedros luminosos y lo pasaba muy bien hasta que un día le sobrevino un desprendimiento de retina y la operaron con láser un poco precipitadamente en el Rosell y la dejaron más ciega que un topo y tuvo que vender el cupón.

25 El tomate y el patriotismo

Un tomate de buena familia, de las de un millón de pesetas el kilo de semillas, nació en un semillero confortable y se educó en un invernadero con todos los adelantos de la técnica, excepto el sueldo de mierda de los marroquíes que lo cuidaban; y por eso se amargó interiormente y hubiera desprestigiado la producción nacional de tomates en la Comunidad Europea, si el trailer que lo llevaba no hubiera sido incendiado por agricultores cabreados desde los tiempos de la revolución (naturalmente, francesa); y, como el tomate tenía un sentido moral muy kantiano, se murió satisfecho por no haber jodido personalmente la marrana y así el honor tomatero nacional permaneciera incólume, si bien intermitentemente chamuscado o espachurrado, según el estado de cabreo de los agricultores franceses.

26 El hombre que era bondadoso todos los días

Había una vez un hombre que era bondadoso todos los días y la gente se lo comía por los pies de bueno que era y tenía por eso dificultades para andar y cojeaba bastante. Hasta que un día cayó en sus manos una obra de Bertolt Brecht que se titulaba "El alma buena de Sechuan", y entonces decidió ser él mismo bondadoso los lunes, miércoles y viernes, y un tío suyo mala leche los martes, jueves y sábados. Gracias a este método dialéctico logró sobrevivir casi intacto hasta el fin de sus días y un poco más, pues resultó que la muerte vino varias veces a por él cuando era su tío y la mandaba a hacer puñetas. No consta exactamente lo que hacía los domingos, pero parece que se iba al monte con su tío y lo pasaban muy bien los dos juntos.

27 La puerta que se aburría de su trabajo

Hubo una vez una puerta que se aburría de su trabajo que era abrirse o cerrarse siempre sobre sus bisagras más o menos según el número o el tamaño de las personas que entraban o salían, y por eso le tenía especial devoción a Sansón, porque había oído decir que un día que había ido de putas a Gaza y lo cercaron los filisteos, durmió hasta medianoche tan tranquilo y luego cogió las puertas de la ciudad y se las llevó de excursión al monte.

28 El ratonico sociólgo

Un ratonico sociólogo elaboró una vez un análisis sociológico de una coherencia interna indudable, pero con un pequeño defecto, y era que el comportamiento de las clases realmente existentes no coincidía del todo con las pautas ideales de su análisis coherente. Así el ratón se vio enfrentado a un dilema: o bien cambiar su análisis, o bien esperar a que las clases se adaptaran en un tiempo no muy lejano a los lugares ideales que ocupaban en su esquema. Habiendo optado por lo segundo, mantuvo inédito su análisis, hasta que, hacia el final de su vida, como las clases seguían yendo por sus propios caminos de ellas y no por sus propios caminos de él, lo publicó en forma de novela, dando así origen a un nuevo subgénero literario, la sociología-ficción que alcanzó un discreto desarrollo durante un tiempo, sin llegar a los niveles de los culebrones o, yendo un poco más lejos, de las novelas de caballerías.

29 El tiempo y los hombres del tiempo

Hubo un año en que el tiempo estaba disgustado con los meteorólogos o con las empresas patrocinadoras de las informaciones oficiales meteorológicas y no acertaban ni una: cuando anunciaban lluvias, el tiempo mandaba la sequía de la época de las vacas flacas del faraón; cuando predecían un buen tiempo soleado, les mandaba los retales que te quedaban del diluvio universal; hubo aquel año nieve en agosto, 43 grados a la sombra en enero y 32 días de lluvia incesante en el mes de julio, porque un día llovió tanto que lo contaron por dos. No se sabe por qué nació el disgusto ni cómo sobrevino la reconciliación a fin de año, pero desde entonces las predicciones meteorológicas volvieron a ser normales, es decir, unas veces se cumplían y otras no, sobre todo en Cartagena y otros lugares dotados de microclimas particulares y/o peculiares.
peculiares.

30 El cordero manso que balaba Baak

Había una vez un cordero muy manso que balaba BAAK en vez de BEEE porque así se lo había enseñado su madre. Los grandes borregos que tenían como ideal supremo la unidad y uniformidad del rebaño le pusieron al lado un borrego verde con cuernos retorcidos que, cada vez que el cordero balaba BAAK, le atizaba un garrotazo. Con el tiempo y los garrotazos, al cordero manso le crecieron unos cuernos parecidos a los del borrego verde, y a veces topaba y se escapaba al monte y los grandes borregos le llamaban terrorista, y a ver si entre todos somos capaces de terminar bien esta fábula.

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