Veo al oro verde con su espiga de dolor,

multiplicando su fruta de pan y espuma,

y vestido de lentitud, traer silbando

hasta la estirpe desnuda de la cuchara,

pólvora , vidrio molido y un largo grito.

Muere de hambre el hombre en la cosecha,

para su configuración y su boca, no hay espacio:

para él hay un sueño escrito en las paredes

y un monumento que amenaza su libertad.

La tumba lo espera

y él sangra.

Él desfila con su confusa historia de humo,

y rastreando en los párpados de la mañana

busca en la batalla del cereal

la muchedumbre de un amanecer imperecedero.

Pero llega la noche con el cuchillo,

y enredándose con el sudor amputa la lluvia,

hasta que difuso en el pulcro paisaje,

a su flor, mortalmente derrama.

Labora el hombre

 y luego

 cae muerto.