ELIAS LETELIER

Apuntes Biográficos

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 Negación

Estupor

Colombia

 Canto de invierno  Elecciones 2008

Caminando Solo

 Mis Pasos  Abandono

Día de descanso en Managua

 ¿Cómo te llamas?  Sin tierra

La estirpe desnuda de la cuchara

 Descubrimiento del Cobre  No me Gustan Estos Versos

La Teniente Juanita Gutiérrez

 Los Últimos Serán los Primeros  Sobre el soldado

Sobre la marcha

 Vi matar a un "Contra " El ejecutado

Nadie mira

 Mi Capitán Mientras estabas durmiendo  Teoría de los zapatos

Historia de la Noche Fragmento I

Historia de la Noche Fragmento VI

Historia de la Noche Fragmento X

Historia de la Noche Fragmento XXII

Historia de la noche Fragmento XXIV

Historia de la Noche Fragmento XXXVI

El Calendario Prohibido Canto Final

 

 

Con mi descolorida gorra de guerrero

voy pasando por la quietud del abandono.

Las casas han cambiado de color

y los árboles poseen una sombra distinta.

 

Camino por estos andurriales de silencio,

paso sobre la metástasis de las hojas muertas

y mi boca que olvidó tu nombre,

atascada en el crujido del paisaje

teje una grácil concesión de silencio,

más allá de las espurias sequías.

Déjame sentir las cabelleras del humo

de la fogata  copiosa y distante;

el oleaje caliente que me acaricia las sienes

y me lleva hasta la cuna agreste

de la brisa encendida.

 

He recorrido paraísos transitorios,

guerras donde los incendios del corazón

arrasaron la aurora de multitudes humanas

y todo fue quietud, torrentes de frío puro,

piras de abandono y desolación.

 

Estoy cansado de las lejanías.

 

Quiero despertar en la boca

que  ilumina la lenta tarde

hasta volver a ser una nueva tempestad.

No te asustes

No tengas miedo

Estas cosas pasan.

Siéntate

Respira profundo

y escucha

Ahora

¡Un negro

será nuestro negrero!

Necesitan nuestras hortalizas

      metales

                              manos

                              mares

                              inteligencias

                              petróleo

y todo los que podríamos ser.

No te atormentes

de tanto pensar.

No te atormentes.

Exhausto subo a los límites de mi mordaza;

grito y tiemblo como el nervio de la esgrima

que en la punzada descubre una extraña quietud.

 

Tus ojos, que fueron míos,

se marcharon disueltos en la lluvia.

 

Hurto a la brisa o el agua de los ríos

tu tacto y danzo, muy solo,

en el refugio de un tiempo que pasó.

 

   ¿Dónde estás?

 

Todo fue construido en rigor al desamparo,

para que tú y yo no fuéramos

sin mezquinas reverencias y permisos.

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