Levanté hasta mis sienes

los gritos alucinantes de la foresta

y amargo se ha hecho el día:

la metralleta me quema la cintura, corroe

y sin ser nada,

soy todo silencio

y dolor.

Lloré en la selva

y en la noche,

la sal acumuló su floristería,

que la flor cáctea,

de cuando en cuando en su loto enciende

y arrima sobre su polen

y muere.

Alguien quiere cantar entre sollozos,

alguien orina sobre la herida que lamió;

alguien oculta los rastros de los muertos

y todos saben que nadie mira.

Reincidí en mi ausencia,

como venido de un largo viaje anónimo,

y a mis pies vi una raíz

adquiriendo la figura de una espada.

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